tropas francesas
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En el mes de enero de 1810, hace ya 210 años, se cumplieron los peores presagios. Las temidas tropas francesas se encontraban a un tiro de piedra de las murallas de Sevilla y habían llegado sin encontrar oposición alguna. La capital hispalense se rindió fácilmente y el jueves 1º de febrero a las once de la mañana hizo su entrada en Sevilla el ejército galo al mando del mariscal Nicolas Jean de Dieu Soult (controvertido personaje que pronto sería apodado ‘el Robacuadros’). Y a las pocas horas hizo acto de presencia ante la puerta de San Fernando, en el Prado de San Sebastián, el propio rey José I Bonaparte. En los siguientes días, las poblaciones de alrededor de la capital, entre ellas Dos-Hermanas, corrieron la misma suerte, como no podía ser menos.

Por desgracia, carecemos de crónicas contemporáneas que nos puedan informar sobre cómo y cuándo se produjo la entrada de las tropas francesas en nuestra villa. En este sentido, las actas capitulares tampoco nos pueden arrojar luz en este tema, pues existe un vacío de información desde el 22 de enero hasta el 16 de febrero de 1810, y no precisamente porque se haya perdido documentación.

En este caso, no tenemos más remedio que recurrir a la literatura, y concretamente a la figura de la popular escritora Fernán Caballero, quien en el capítulo VII de la parte primera de su novela La Familia de Alvareda habla de la entrada de los franceses en Dos-Hermanas de esta forma: “Iban a salir, cuando un ruido extraño llegó a sus oídos: parecía compuesto del bramido del toro acosado, y de los lamentos de la cierva herida y del rugido de sorpresa del león herido en su sueño. Era éste causado por el grito de alarma y de rabia de bandadas de fugitivos que llegaban, y por las exclamaciones de asombro y de indignación de los del pueblo que se preparaban a imitarlos. Los franceses, que habían entrado a pasos agigantados en Sevilla, seguían su marcha devastadora hacia Cádiz. […]

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Pero ya se oía a la entrada del lugar el funesto son de los tambores que anunciaban la terrible falange armada, que se arrojaba sobre aquel pobre pueblo desarmado, cogido de sorpresa y tratado como esclavo. Venían en nombre de esa usurpación inicua, cuyos precedentes pertenecen a los tiempos bárbaros, así como pertenece a los tiempos heroicos la resistencia que halló, y contra la cual se estrelló, combatiendo sin gloria y sucumbiendo con vergüenza”. Tales hechos debieron ser recogidos por la autora de labios de algunos nazarenos, quizá del párroco don Alonso Joaquín de Rivas y del sacristán Francisco de Paula Vigil, que fueron los que entablaron mayor amistad con ella.

Aunque la insigne escritora no entra en demasiados detalles, nos ofrece una importante perspectiva de cómo fue la ocupación de la villa por parte de un destacamento francés, que, aunque fue pequeño, pudo hacerse sin problemas en unas horas con el control de la población. Sin embargo, en la novela, Fernán Caballero sitúa la acción en el mes de mayo de 1810, lo cual no fue así. Como ya hemos reseñado, las tropas francesas con el propio José I Bonaparte a la cabeza entraron en la capital hispalense en la mañana del día 1 de febrero de 1810, mientras que a la vecina Alcalá de Guadaíra llegaron el 28 de enero, y en la noche del 29 a Utrera. Bien es cierto que Dos-Hermanas no era una población grande, con cierto peso político, pero se encontraba en un lugar estratégico, a las mismas puertas de Sevilla, por lo que cuesta pensar que tardaran tres meses en ocuparla. Por eso, nos inclinamos a pensar que los franceses llegaron muy presumiblemente en la mañana del 29 de enero de 1810, poco antes de ocupar Utrera.

En cualquier caso, es fácil imaginar el revuelo que se formó entre los vecinos de la villa ante la irrupción de las tropas francesas. Algunos, los que verdaderamente podían (caso de Agustín Varela ‘el Menor’), abandonaron la población con el fin de librarse de la amenaza francesa, como bien recoge la propia Fernán Caballero en estas líneas: “Perico, previniendo este funesto suceso, tenía prevenido un lugar de refugio a su familia en una hacienda solitaria apartada de todo tránsito, y al intento caballerías en sus cuadras. Mientras los hombres corrían al corral para aparejarlas, las mujeres desatinadas sacaban y liaban las ropas, y traían cuanto podía cargarse en los serones”.

Pero la mayoría permaneció temerosa a la espera de los acontecimientos, escondiendo sus escasas pertenencias, refugiándose en los soberaos, y acudiendo desesperados ante la imagen de la Patrona Santa Ana en busca de ayuda y protección.

La ocupación de Dos-Hermanas no se hizo de manera pacífica, como ocurrió con Sevilla. De hecho, tras la entrada de las tropas francesas muchos soldados protagonizaron saqueos y rapiñas. Tales desmadres dieron lugar a serios choques con los vecinos del lugar. Fernán Caballero, en aquel capítulo antes mencionado, hace alusión al enfrentamiento entre Ventura y un granadero francés, que termina con la muerte de este último, y su cadáver en el fondo del pozo de la casa de Ventura.

Además, cuenta la tradición popular que los más destacados enfrentamientos tuvieron lugar en la calle de la Francesa, y que por esa razón se denomina así a esa vía nazarena. El investigador coriano Pineda Novo, por su parte, afirma que cuando a principios de la década de 1970 se llevaron a cabo obras de pavimentación en esa calle, aparecieron numerosos restos humanos y armas de la época de la Guerra de la Independencia. La misma tradición popular afirma además que muchos cadáveres de soldados franceses fueron arrojados a los pozos de las casas de la villa.

Pero poco podían hacer unos vecinos mal armados ante el ejército mejor preparado de Europa. A la violencia desatada le sucede una tensa calma y, finalmente, la rendición. Llegada la noche, según parece, los franceses se reunieron en la plaza pública, a las puertas de la casa consistorial, para hacer recuento de todo lo incautado y de las bajas ocasionadas.
Consciente de la superioridad gala, y sabiendo que nada se podía hacer, el concejo nazareno aceptó, no sin resignación, el nuevo régimen establecido. Comenzaba de esta manera una nueva etapa política en Dos-Hermanas.

FOTO DEL MES
Esta magnífica fotografía, publicada en la Revista de Feria de 1928, nos muestra el aspecto que presentaba en aquella fecha el primer tramo de la calle Romera. Fue tomada desde la torre mirador de la casa de don Manuel Andrés Traver. En la instantánea vemos, la torre de molino de la calle de la Mina 1; la cúpula y torre de la iglesia de Santa María Magdalena 2; la torre mirador de la hacienda de Montefrío 3; la torre de molino de la desaparecida hacienda de la Mina Grande 4; la chimenea de la fábrica de yute 5; una casa que todavía se conserva 6; parte del mirador de la hacienda del Lanero 7; la huerta del Jerezano 8; la torre de molino de la hacienda del Lanero 9; y, finalmente, la calle Romera.

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