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(Juan 1,29-34) Juan, El Bautista, era un antiguo; perdónenme que lo diga, así, con trazo grueso. Juan guardaba el perfil de los profetas antiguos; vivía una vida ascética, rehuía las ciudades –donde se daban cita la corrupción y el vicio–, se permitía encarar e interpelar moralmente a los más relajados de la sociedad de su tiempo. Su denuncia de la corrupción de moral sexual de Herodes lo llevó a la muerte. Su familia tenía cierto “viso”, su padre era sacerdote y oficiaba por turno en el Templo de Jerusalén.

Pero era un antiguo de los buenos, de los coherentes a carta cabal, de los que no se “casan” con el poder, ni se arriman al sol que más calienta, de los que tratan al pobre y al rico con la misma actitud de sinceridad y de respeto; de los que buscan sinceramente la voluntad de Dios en su vida y se ponen incondicionalmente a su servicio.

Lo más grande que hizo Juan fue descubrir y señalar a Jesús, el de Nazaret, un aldeano sin estudios, como el enviado de Dios. Y esto, a pesar de que Jesús (perdónenme de nuevo la simplificación), era demasiado moderno para sus criterios. Jesús en vez de retirarse al desierto iba de ciudad en ciudad; en vez de mostrarse ascético y distante, gustaba de dialogar y reír entre la gente; en vez de recriminar y reñir, en cuando veía la actitud de arrepentimiento de una persona la acogía, la perdonaba, restañaba sus heridas y la devolvía sanada a su vida. Interpretaba la ley del descanso semanal de forma flexible, y hasta defendía a adúlteras, publicanos y prostitutas.

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Todo esto hizo dudar a Juan, que mandó a preguntarle si él era el que tenía que venir o teníamos que esperar a otro. Jesús le respondió con lo esencial del evangelio: “Mi misión es que los cojos anden, los ciegos vean, que las personas recuperen su dignidad y que a todos se les anuncie la esperanza de que Dios es Padre de Bondad”.

¡Pero hay tanto orgullo vano que nos impide mirar lo esencial…! Nos dividimos, nos criticamos y el Evangelio, sin anunciar.

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