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El pasado 19 de noviembre, cansado y abatido, pero luchando como los valientes y rodeado de los suyos, falleció un gran hombre.

Una persona que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la hermandad del Gran Poder. Uno de los 22 “locos” que fueron por primera vez andando de Dos Hermanas al Rocío para ver a su madre del cielo (benditos locos que abrieron el camino).

Un luchador que nunca tiró la toalla y un trabajador incansable. El tío que más aceitunas cogía en el verdeo. Y al que tenga alguna duda, que pregunte por el Paquino, a los manijeros que se reúnen en la venta La Viña.

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Un referente para sus hijos a los que inculcó el espíritu del trabajo duro para conseguir sus sueños.

Vienen a mi mente momentos vividos contigo, papá, que forman parte de mí, de lo que soy. Como cuando te parabas y te ponías a explicarme cualquier cosa que te hubiese preguntado. Atendiendo al pequeño impertinente que preguntaba por preguntar.

Recuerdo algunos días en los que fuiste mi compañero de juegos, en plena calle. Esos días de Reyes en la fábrica de lata o aquel año en la Corchuela.

Me acuerdo de las escapadas al Poli para bañarnos en la hora de la siesta mientras mamá dormía.

Cuando de niño esperaba a que llegases del trabajo, con tu mono azul y ese olor tan característico que traías, para darte un beso. Te ponías a comer mientras yo te observaba.

Ya estás descansando que bien merecido te lo tenías. En tu madrugada perpetua, en tu marisma eterna.

Doy gracias a Dios por haberme permitido ser tu hijo y por dejar que te marchases con Él, tranquilamente, sin miedo ni dolor. Apacible y sereno te marchaste, papá.

Descansa en paz… Ya nos veremos.

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