reina isabel de francia
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En la tarde del 6 de octubre de 1644 murió en el viejo alcázar de Madrid la reina Isabel de Francia, primera esposa de Felipe IV. Y, siguiendo la tradición, debían celebrarse en cada una de las poblaciones de la vasta Monarquía Hispánica solemnes honras fúnebres por el eterno descanso de la monarca. Pues bien, aquellas honras fúnebres que debían celebrarse en la villa de Dos-Hermanas, provocaron el desagradable episodio que, a continuación, narraremos.

Regía los destinos de la villa nazarena su señor, don Pedro de Pedrosa, quien había puesto en el cargo de alcalde mayor (la máxima autoridad política de la población en esas fechas) a uno de sus ‘adictos’: el licenciado Juan Antonio de Oliver. Ni uno ni otro, sin que sepamos el verdadero trasfondo, era partidario de celebrar las consabidas honras. De este modo, pasaron los días y no se trataba ese tema en las reuniones del Ayuntamiento, hasta que en la mañana del 13 de octubre se celebró cabildo en la casa consistorial para la muerte de la reina Isabel de Francia.

Asistieron a la reunión el alcalde ordinario, el alguacil mayor y varios regidores, entre ellos, Cristóbal Arias Bernardo de Quirós, que también era alcalde de la Hermandad. Este último preguntó a Luis Cornejo, escribano del concejo que levantaba acta de la reunión, por qué no reseñaba en el libro de actas el asunto que se iba a tratar. Fue el alcalde mayor quien contestó a Quirós, diciendo que “no quería que se pusiese, porque no tenía él noticia de la muerte de la Reyna Nuestra Señora, ni se le había dado, que hasta que la tuviese o se le avisase de ella no quería que se tratase ni se hiciese nada sobre ello”. Quirós replicó recordando que el objeto para el que habían sido citados era tratar, precisamente, el tema de las honras fúnebres. Oliver, quiso zanjarlo advirtiendo que no quería hablar más sobre ese asunto. Quirós entendió que el alcalde mayor no estaba dispuesto llevar a cabo esas celebraciones por ser Dos-Hermanas “lugar de señorío” y no realenga.

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Ambos personajes empezaron a discutir y en ese momento entró en la sala el regidor Juan Claros. Luis Cornejo, “como es costumbre”, fue a anotar en el acta la entrada del regidor, “y viendo el dicho alcalde mayor que comenzaba a escribir, sin ver lo que era, se levantó con mucha cólera y enojo”, le arrebató el libro, “y dio con él un gran golpe en la mesa, diciendo al dicho Luis Cornejo que no había de escribir más de lo que él mandase y ordenase”. Al mismo tiempo, el alcalde mayor, Juan Antonio Oliver, arrancó la hoja del libro, a lo que Cornejo le pidió explicaciones, de buenas maneras. Pero Oliver, “con mucha cólera, arremetió al dicho Luis Cornejo y le asió por bajo del pescuezo, asiéndole con una mano del dicho pescuezo, ropilla y jubón, y le dio de empellones (empujones), y con las uñas le hizo tres rasguños en la garganta, junto al gaznate, de que le lastimó e hizo sangre en tres partes, diciéndole malas palabras”.

No contento con ello, el alcalde mayor llevó preso al escribano del concejo a la cárcel pública, cosa que no pudieron impedir Quirós y otros tres oficiales. Tal fue el escándalo y los gritos que se dieron en el cabildo, que a la casa consistorial acudieron el cura (bachiller don Juan de Poza) y varias personas que se encontraban en la plaza. Ahí se puso fin a la reunión y altercado.

Sin embargo, días más tarde, el 31 de octubre, a eso de las cuatro de la tarde, caminaban por la calle Real en dirección a la plaza pública el alcalde mayor Oliver, acompañado por el escribano Juan de Arquellada y Jacinto Mateos. Al llegar a la altura de la actual calle Lamarque de Novoa, Oliver se dirigió a unos jóvenes que estaban hablando en la puerta de la casa de Sebastián Maeso. Aquellos jóvenes eran Bernabé Mateos, Bernardo de Salas y Francisco Cornejo, hijo del escribano Luis Cornejo.

Al ver que se acercaba el alcalde mayor, Francisco Cornejo, en señal de respeto, se quitó el sombrero, a lo que Oliver, sin mediar palabra, “alzó la vara de Justiçia que traía en la mano y le dio con ella tres o cuatro palos en la cabeza que tenía descubierta, diciéndole que era un desvergonzado”. A empujones, se llevó Oliver a Francisco Cornejo a la cárcel pública, que estaba muy cerca. Los testigos de los hechos coincidieron en afirmar que el joven Francisco Cornejo era “mozo muy quieto, muy comedido y compuesto”, no habiendo razón para tratarlo de aquella manera. Llegaron a la cárcel, y allí se encontraba, todavía, Luis Cornejo. Entonces, el alcalde mayor Oliver, con altanería, le dijo que “pusiese correría” (que amonestase) a su hijo, al que calificó de “pícaro desvergonzado”.

Este triste episodio no terminó aquí. Una vez libre, el escribano Luis Cornejo recurrió ante la Real Chancillería de Granada, para que se reprendiese la actitud y las acciones del alcalde mayor. Y aquí llegó, en diciembre de 1644, el escribano y receptor del tribunal granadino, Juan Sánchez Moreno, para tomar declaración a los testigos de los hechos.
Pero, por desgracia, no sabemos en qué quedó el asunto. Ignoramos si el alcalde mayor, Juan Antonio Oliver, fue juzgado por esos excesos de poder.

SABÍAS QUE… ? El topónimo ‘Echajuy’ o ‘Echajuye’ es uno de los más antiguos del término nazareno. Aparece por vez primera en los inicios del siglo XVI, ignorándose de dónde procede tan peculiar denominación. ¿Podría venir de la expresión ‘Echa y huye’?

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