Noé
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NADA SE escribe en la historia sin que alguien, en primera persona, lo conciba, lo impulse, lo persiga y lo realice. Puede ser que esa persona pase desapercibida o quede en el anonimato, pero detrás de todo cambio siempre hay una persona, o un grupo, que lo posibilita.

Cada Adviento es como una nueva posibilidad para nuestras vidas. Y, así, en el evangelio de este domingo se nos recuerda la figura de Noé. Todos recordamos la narración del diluvio. Una narración en la que se nos transmite una inundación tan terrible que parece que cubrió hasta los montes más altos de Mesopotamia –narraciones de culturas extrabíblicas así lo ratifican-, y cómo con Noé se dio continuidad a la humanidad.

La figura bíblica de Noé encarna muchos valores humanos y espirituales: la honestidad y la escucha fiel a Dios, la laboriosidad y el ingenio –que le permitieron construir un enorme barco e inventar el vino—, y la prudencia, la integridad y el pudor. Pero Noé es, sobre todo, símbolo de la segunda oportunidad que siempre tenemos ante Dios. Después que Dios la creara, las personas se pervirtieron por su maldad y violencia. La violencia era tanta que Dios decidió destruir toda la humanidad. Pero viendo a la honestidad y la rectitud de Noé quiso que en él todo tuviera un nuevo comienzo. El signo de que siempre la bondad de Dios nos concede una segunda oportunidad no puede ser más hermoso: el arco iris.

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Estés como estés, piensa que te conceden esa segunda oportunidad que necesitas, aprovéchala.

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