hermosura del sacrificio
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Cuando en religión se habla de sacrificio, parece que se encienden las alarmas e, instintivamente, se nos despierta la suspicacia. Sacrificio admirable es el de los deportistas; o aquel que quiere adelgazar para tener una mejor figura.

El sacrificio que se hace estudiando para conseguir un buen puesto de trabajo ya comienza a levantar sospechas, “se podía conformar con un puesto menos importante”, “al fin y a la postre, muchos que no estudiaron han conseguido triunfar”. Sacrificarse por los hijos o por la pareja parece ya cosa del pasado, un anacronismo que ya no se lleva: “antes de que el matrimonio conlleve sacrificios, mejor separarse”, “los niños traen mucho sacrificios, con uno ya tenemos bastante (y de sobra)”.

Ya no hay novelas de amores sacrificados, en fiel abnegación; las sustituyeron otras de amores atormentados, tórridos y destructivos. Sacrificarse por la justicia y la vida de los otros, apostar toda la vida en realizar un ideal de entrega… de eso ya ni se habla –tantas veces quienes hablaban con palabras edulcoradas nos han defraudado…-.

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Y sin embargo es el sacrificio abnegado y gratuito de nuestros padres lo que nos ha hecho ser lo que somos. Y será nuestro sacrificio generoso y fecundo el que le dé sentido verdadero a nuestra vida. Jesucristo se hizo primogénito de la humanidad por su sacrificio en la cruz. Su sangre derramada, consecuencia de su vida entregada, nos redime del egoísmo y la superficialidad que lastran nuestra vida.

Piensa un rato: ¿Quién merece el sacrificio cotidiano de tu vida?

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