Publicidad

Esa mañana se propuso no caer en la tentación. Ya se lo había propuesto en numerosas ocasiones, pero hasta el momento no lo había conseguido.
La situación había llegado a un punto de no retorno definitivo, aunque en su fuero interno no las tenía todas consigo.

La sensación de inseguridad le invadía, el temor a que se volviera a repetir una y otra vez no desaparecía.

Dicha inseguridad, unida a una baja autoestima a la que había llegado tras años de una total falta de conciencia, estaba minando su forma de ser, había cambiado su estilo de vida, hacía que caminara cual alma en pena, perdida en un purgatorio destinado a los más desgraciados.

Publicidad

Una maldición.

Una insufrible adicción a la que recurrió en un momento que no sabría precisar. Maldita la hora, maldito el minuto, maldito el segundo en el que comenzó.

Adicción enmascarada con ratos de placer y satisfacción. ¿Disfrutaba?, ¿se sentía bien?, ¿podría ser feliz inmerso en ese vicio?

Todo mentira.

La ruina no sólo era económica.

La ruina había torpedeado la línea de flotación de su unidad familiar, había acabado con su profesión, minado su bienestar, roto los lazos que le unían a sus amigos…

Maldita adicción al juego…

Publicidad

Responder

Por favor, haz tu comentario.
Por favor, introduce tu nombre