ciencia con paz
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LA SEGUNDA exigencia de quien quiere educar a otro es la paciencia; el primero es, indudablemente, querer el bien del otro. “Paciencia” que, por mera asociación de ideas, parece que se compone de paz y de ciencia, y que ciertamente son condiciones del buen educador.

El significado de la palabra “ciencia” no siempre ha sido tan restringido como ahora. Hace unas cuantas décadas, en algunos contextos, era sinónimo de sabiduría práctica para realizar una tarea difícil. Ser un buen educador requiere conocer el temperamento de las personas, sus capacidades, qué es lo que les bloquea y qué es lo que les motiva, cuáles son sus intereses y cómo ir abriéndolos a un horizonte más amplio en su existencia. Para educar a las personas se necesita mucha ciencia; y también paz y serenidad (que muchas veces será auto-control), para esperar el momento oportuno en que intervenir, para corregir en la medida adecuada, para animar sin caer en la condescendencia facilona, para exigir que la persona dé lo mejor de sí mismo.

Los padres y los profesores, los catequistas y los educadores sociales necesitamos mucha de esa paz y de esa ciencia, de esa ciencia con paz. Y es en nuestra vida personal donde podemos ir a aprender una cosa y otra. Sólo tenemos que atender a la paciencia que ha tenido y tiene Dios con nosotros, con nuestros errores y pecados; fijarnos en su manera de motivarnos y de impulsarnos. Dios, amigo de la vida, siempre nos corrige poco a poco para nuestro bien. Jesucristo, reflejo de su ser, fue tan buen educador que de unos aldeanos de Galilea hizo testigos de la misericordia misma de Dios.

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Gracias, Señor, por tu paciencia.

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