derramado en liberación
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PABLO DE TARSO, no ha llegado a los 60 años, encarcelado en Roma por su fe en Jesucristo y su tarea de evangelización, con el corazón en paz, sabiendo que ha intentado hacer la voluntad de Dios, espera el momento de la entrega suprema en paz, con la humildad de quien se sabe consolado.

Margaida, 36 años, vino con su niño huyendo de un maltratador. Trabaja mañana y tarde, de lunes a domingo; por su hijo; con el tesón de las madres; con la humildad de los pobres y la alegría de los sencillos. Al rezar se sabe hija de Dios.

Carmen, 75 años, cada mañana lleva a dos de sus nietos al colegio, después va por ellos hasta que sus padres puedan recogerlos en la tarde. Muchas veces les ha ayudado a pagar la luz y alguna avería del coche. Se siente débil, pero también alegre de poder cuidar la vida que Dios le regaló.
Rafael, 54 años, voluntario de Cáritas. Muchas vidas heridas llegan a la acogida; no siempre se puede ayudar, pero se puede escuchar y dar esperanza. No espera nada por su entrega.

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Carlos, 21 años, ha estado años consumiendo drogas, y ha pasado algún paquete. Quiere dejarlo, pero lo han amenazado y, solo en su habitación, ante el Padre expresa su angustia por los errores cometidos. Está decidido, no quiere seguir en la espiral de corrupción y violencia en la que está. Sabe que eso no es vida.

Vidas que se derraman en libación al Padre de la Vida.

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