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“Átame con tu cabello a la esquina de tu cama, y si el cabello se rompe, haré ver que estoy atada”, dice una canción actual recogiendo una antigua metáfora popular de la libre entrega de los enamorados que con lazos de amor, aparentemente frágiles, se prometen fidelidad eterna de amor. Esta misma metáfora es usada por San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual mostrándonos cómo Dios mismo queda preso por un cabello del alma creyente. Ese cabello que apresa al Todopoderoso y que lo ata a nosotros es la oración hecha con fe.

Dios, porque es amor y no quiere otra cosa que amar, queda preso de la oración que con fe se le dirige. Una oración que es remanso de paz cuando nos dejamos envolver por el amor del Padre, pero que es, también, lucha y combate cuando miramos a nuestro egoísmo y al pecado que hace sufrir a los pobres.

La oración que brota de la fe cristiana siente a todas las personas como hijos de Dios, como hermanos; y es, por eso, una oración compasiva, reivindicativa, comprometida con todo el que sufre. El creyente pide al Padre, por él mismo y por los suyos, pero expande su corazón al sufrimiento de todas las personas.

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El evangelio de este domingo nos pone como ejemplo de oración la demanda persistente y angustiada de una viuda que pide por el pan y el futuro de sus hijos. Aun a sabiendas de que el juez era injusto y sin misericordia presenta su demanda con persistencia. Si nuestra oración es así y reclama justicia para nuestros hermanos más pobres será una oración cristiana. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la Tierra?

cuestión de fe
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