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(Lucas 17, 5-10) UN FUEGO QUE refresca en las horas de estío; un viento que impulsa sin saber a dónde nos lleva; un caminar sobre cimiento firme aunque todo vaya cayendo. Fuente de alegría callada, serena, que te hace ser afable y bondadoso. Regalo que se desgrana cada día de tu vida. Tarea que te ocupa y te descansa desde el amanecer hasta el fin del día. Puerta del amor y la esperanza. Vivir seguro sin seguridades; saber ver lo que otros no alcanzan; acallar los deseos confiando en Quien nos llama. Esto es la fe.

“Si tuviéramos fe aunque fuera como un grano de mostaza”, toda nuestra vida cambiaría: afianzados siempre en una atalaya inexpugnable nos podríamos hacer vulnerables a todo dolor ajeno; con mansedumbre y humildad nos enfrentaríamos a los orgullosos que violentan y humillan a los pobres; con lágrimas en los ojos podríamos consolar a quien sufre y se siente desfondado. La fe te da una mirada nueva ante el mundo, una mirada de indignación ante la injusticia, de dolor ante los pobres; una mirada que genera paz y que es semilla de justicia.

Los profetas tuvieron esa fe y se expusieron a la persecución teniendo su corazón puesto en la transparencia de la luz que viene de lo alto; por su fe supieron anunciar un mundo nuevo, la ciudad de Dios. Los sencillos viven alegres en esa misma fe.

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¡Cuánta fe nos falta a nosotros, cristianos adormecidos y amodorrados, entumecidos de mediocridad y fríos en nuestra relación con el Padre! Señor Jesús, auméntanos la fe, que se nos escapa la vida sin que la estemos viviendo; auméntanos la fe.

el casino del hambre
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