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Un director tan acostumbrado a llevarse a su terreno personal cualquier género como James Gray, lo ha vuelto a hacer en Ad Astra con un tema en el que, contra lo esperado, el resultado ha sido tan satisfactorio como en otras ocasiones. Funcionó con los policíacos La otra cara del crimen y La noche es nuestra, y con los melodramas Two lovers o El sueño de Ellis.

Ahora, con su inmersión en la ciencia ficción espacial falla precisamente en este aspecto, que aunque (evidentemente) no puede despreciar, Gray está más atento a otras cosas.

La acción transcurre (nos dicen) en un futuro cercano. Después de que unas misteriosas descargas electromagnéticas provenientes del espacio exterior, el experimentado astronauta Roy McBride es contactado por sus superiores para una misión secreta. Treinta años atrás, Clifford McBride, el padre de Roy, considerado un héroe, una leyenda, se embarcó en el Proyecto Lima, que buscaba vida inteligente en el universo. El contacto se perdió en las cercanías de Neptuno y se le dio por muerto. Pero ahora, esas extrañas descargas que amenazan con acabar con la vida en el planeta, hacen pensar que sigue vivo y es el causante de ellas. Roy será el encargado de contactar con un padre al que idolatra.

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Estados Unidos-China-Brasil, 2019 (122′)
Título original: Ad Astra.
Dirección: James Gray.
Producción: Dede Gardner, James Gray, Anthony Katagas, Jeremy Kleiner, Arnon Milchan, Yariv Milchan, Brad Pitt, Rodrigo Teixeira.
Guión: James Gray, Ethan Gross.
Fotografía: Hoyte van Hoytema.
Música: Max Richter.
Montaje: John Axelrad, Lee Haugen.
Intérpretes: Brad Pitt (Roy McBride), Tommy Lee Jones (H. Clifford McBride), Ruth Negga (Helen Lantos), Donald Sutherland (Thomas Pruitt), Liv Tyler (Eve), Kimberly Elise (Lorraine Deavers), Loren Dean (Donald Stanford), Donnie Keshawarz (Capitán Lawrence Tanner), Sean Blakemore (Willie Levant), Bobby Nish (Franklin Yoshida).

Gray, como acostumbra, se centra más en el intimismo, en el interior del protagonista, que narra en voz en off sus sentimientos, lo que pasa por su cabeza en esas circunstancias tan intensas y profundas para él. La relación con el padre desaparecido, la construcción de la figura del héroe, creada a partir de la ausencia. Y cómo Roy se va convirtiendo básicamente en su padre, también a partir de esa misma ausencia a la que somete a los que le quieren. Es un viaje hacia el interior en busca de redimirse, ante su novia, ante sí mismo.

También es una película que se plantea las preguntas trascendentales que la humanidad viene planteándose desde hace siglos. Quiénes somos, hacia dónde vamos… planteándose que el hombre es una especie devoradores de mundos, y que quizás sea ahí a donde nos dirigimos cuando el planeta que habitamos fenezca.

Es cuando Gray se mete en el terreno más espectacular, más de ciencia ficción pura, cuando la cinta patina un poco: la persecución en la Luna parece un pegote, la secuencia de la explosión y la huida de Roy atravesando un campo de meteoritos resultan inverosímiles… Pero claro, es que la historia no va por ahí. Gray pretende una historia contemplativa, un retrato interior del ser humano, y ahí sí, Ad Astra resulta hipnótica, y por momentos sobrecogedora.

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