En los últimos años del siglo XVIII, se hizo más que patente el estado de deterioro del viejo templo gótico-mudéjar de Santa María Magdalena. El inexorable paso del tiempo, pero, sobre todo, las consecuencias del terremoto de Lisboa de 1755, habían hecho mella en los viejos muros de la parroquia nazarena. A esto hay que sumar el hecho de que la parroquia quedaba ya pequeña ante el evidente crecimiento poblacional de la villa (de los poco más de 1.820 habitantes en 1735 se había pasado a los 3.100 habitantes en 1791).

Ya en la visita pastoral de 1728 se puso de manifiesto la estrechez de las naves del templo cuando se expresó que “por cuanto la nave de en medio de esta iglesia es muy estrecha, y poniéndose bancos en ella queda incapaz de poder acomodarse la gente que concurre a oír el Santo Sacrificio de la misa y funciones de iglesia por obrar este inconveniente”. Por si eso no era poco, la iglesia ya no estaba en consonancia con los nuevos gustos estéticos de finales del XVIII, cada vez más alejados del Barroco sevillano. El nuevo estilo neoclásico, mucho más austero y sobrio, iba ganando terreno hasta que terminó por imponerse en los templos que se iban construyendo en esas fechas.

Por todas estas razones, el clero nazareno (formado en aquel momento por el párroco don Alonso Joaquín de Rivas y los presbíteros beneficiados Juan Domingo de Castro, Diego Delgado Rivas, Martín Ruiz Durán) decidió llevar a cabo el proyecto de demolición de la primitiva iglesia y construcción de un nuevo templo más acorde con “los nuevos tiempos”. Punto esencial, imprescindible, era el de la financiación. La de la Magdalena seguía siendo a esas alturas una iglesia pobre, con muy escasos recursos. Si se recurría, de nuevo, a las donaciones de los fieles (como en épocas pasadas) las obras podrían eternizarse, por lo que para sufragar la construcción del nuevo templo el clero nazareno se valió de la única renta eclesiástica importante de la que se podía disponer en nuestra localidad, el diezmo del pan, destinándose la cuarta parte del mismo para aquel fin.

construcción de una parroquia

El proyecto de construcción de la nueva iglesia comenzó en septiembre de 1796, cuando Santiago de la Yosa y Francisco del Valle, maestros alarife y carpintero, respectivamente, procedieron al reconocimiento de las obras. A principios de 1797 el clero nazareno elevó a las autoridades eclesiásticas una solicitud en la que se pedía la pertinente autorización para proceder al derribo de la vieja iglesia y la construcción de una nueva, solicitud que fue aprobada el 28 de abril de 1797. Y puesto que se iba a proceder al derribo de la antigua parroquia, para no suspender el culto en la que era la única iglesia de la villa se decidió trasladar de manera provisional (sólo mientras durasen las obras) la parroquialidad a la aneja ermita de Santa Ana, el otro templo que existía en el centro de la población. Dicho traslado fue autorizado por el prior de las ermitas del Arzobispado el 6 de mayo de 1797.

Por otra parte, las obras empezaron en los últimos días del mismo mes de mayo de 1797. Y lo hicieron siguiendo la tradicional costumbre de comenzarlas por la zona de la cabecera o presbiterio, para que pronto pudiera consagrarse esa parte y poder decir misa en ella. Curiosamente, pocos meses después de iniciarse las obras, el 3 de julio de 1797, el párroco y el cura Diego Delgado dieron poder a unos procuradores para que en sus nombres solicitasen al Arzobispado permiso para que “se agrande la iglesia de la dicha Santa María Magdalena de esta villa (para) que quepan todos los fieles que hay en dicha villa”. No deja de ser llamativo el hecho de que se pida licencia una vez que ya habían comenzado las obras.

Las obras se toparon con diversos problemas. Así, en mayo de 1798, hubo que suspender las obras de la parroquia por falta de dinero. Pero, por fortuna, esta forzosa suspensión apenas duró un mes, pues en junio se retomaron con cierta fuerza. Y para comienzos de 1799 las obras marchaban a buen ritmo, encontrándose la zona del presbiterio y la nave del crucero prácticamente concluidas. Por un testimonio de enero de 1800 sabemos que fueron varios labradores y pelantrines de la villa quienes costearon la nave del crucero de la parroquia. Por desgracia, en el testimonio se omiten los nombres de los benefactores, aunque, con toda seguridad, debieron ser, entre otros, José Rubio Barbero, Agustín Varela ‘el Menor’ y los hermanos Manuel y Eustaquio de Quesada.
Las obras siguieron en 1802 y parecían eternizarse. Y un año más tarde, se quiso dar el último empuje a las obras. Había que terminarlas como fuese.

Pero para ello hacía falta algo esencial que escaseaba: dinero. Se pensó en organizar unas corridas de novillos con el fin de recaudar la cantidad necesaria, y, afortunadamente, se consiguió la licencia del Rey, indispensable para llevar a cabo festejos de ese tipo. Sin embargo, aquellas corridas no reportaron el dinero necesario, por lo que el consistorio decidió volver a pedir permiso para celebrar otras más, que fue concedido.
Para finales de 1803, se había recogido la cantidad necesaria y se pudo concluir la parroquia, que fue inaugurada de manera oficial el 9-10 de enero de 1804 con dos medias funciones costeadas una por la Hermandad Sacramental y otra por la Hermandad de Señora Santa Ana. Pero no será hasta 1808, cuando se certificó la conclusión del grueso de las obras. Dos-Hermanas tenía, al fin, una nueva parroquia acorde con los nuevos tiempos.

Foto del mes
Esta interesante fotografía, perteneciente a la colección de las hermanas Pepi y María Jesús Rivero, muestra a unos trabajadores (principalmente, toneleros) en el patio principal de la hacienda de los Molinos de Maestre en los primeros años del siglo XX.

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