Ya hemos apuntado en diversas ocasiones que la velada de Santa Ana era uno de los principales festejos de la villa (por no decir el más importante) en tiempos pasados. Sin embargo, en ciertas ocasiones estuvo a punto de no celebrarse. En esta ocasión, nos detendremos en la de 1905, porque casi se suspendió debido a la crisis agrícola que padeció el país en general, y nuestra villa en particular, en aquel año.

La pertinaz sequía había dejado sin trabajo a los jornaleros nazarenos, que constituían la inmensa mayoría de los vecinos de la localidad, y el consistorio, imbuido en un profundo espíritu caritativo, emprendió un ambicioso proyecto de obras públicas con el fin de dar trabajo a los pobres jornaleros. Para ello destinó gran parte de los fondos municipales, hasta tal punto que apenas quedaba dinero en las arcas del Ayuntamiento para sufragar los gastos de las fiestas patronales, que solían rondar las 3.000 pesetas.

En 1905, era acalde Juan Castro Claro, de tendencias carlistas, y en la sesión de 17 de junio, manifestó que “aproximándose la fecha de los festejos populares de la Velada de Santiago y Santa Ana estimaba oportuno y conveniente que el Ayuntamiento diera su parecer sobre lo que hubiera de hacerse en este año tan penoso para la hacienda municipal por los muchos gastos causados recientemente para remediar la situación de los jornaleros de campo y por la escasez de recursos”. Ciertamente, tres meses antes el consistorio había decidido reparar nueve calles y una plaza para así “remediar la aflictiva situación de la clase jornalera de campo”. A las palabras del alcalde respondió el concejal Alonso Caro, diciendo que “estándose adeudándose a la Hacienda por falta de fondos partes de la cuota trimestral corriente del encabezamiento de consumos, y a la Diputación el importe íntegro del contingente provincial de este trimestre, no se debía pensar en festejos que ocasionan gastos de importancia, sino en abonar cuanto antes mejor dichos débitos para eludir responsabilidades”.

Velar por el esplendor y la solemnidad

Eso sí, había que velar en todo momento por el “esplendor y solemnidad debidos en los gastos de función y procesión del Santísimo Corpus Christi, únicos festejos que debe haber este año, por ser de carácter obligatorio para el Municipio, según disponen las leyes”. En la misma línea que este concejal se mostraron “casi todos los demás Capitulares y puesta a votación la proposición del Señor Caro, se aprobó por unanimidad con acuerdo de que a ella se atenga la Comisión de festejos”. Tal fue, por tanto, la posición del Ayuntamiento.

Los vecinos de la villa, al conocer la decisión del Ayuntamiento no reaccionaron bien, y un nutrido grupo (entre los que se encontraban Juan Arahal, Antonio Quintano Alcoba, Antonio Ramos, Antonio Campo, propietario de la famosa fonda Campo, y los almacenistas Fernando Varo Jiménez y José Varela Gómez) envió al alcalde un escrito fechado en 7 de julio y que decía así: “Que informados del acuerdo tomado por la Corporación que tan dignamente preside suspendiendo los festejos que anualmente se celebran en Santiago y Santa Ana, fundando en la falta de recursos, muy atendible por cierto, pues les consta a los exponentes que la cantidad consignada en presupuesto para dichos festejos se distribuyó equitativamente entre los trabajadores en la pasada crisis obrera falta de recursos; sin embargo entendiendo los firmantes que tratándose de fiestas inmemoriales y que tanto agradan al vecindario como beneficios reportan a los industriales e igualmente a la población por la afluencia de forasteros que concurren a ellas y que en el presente año ha de ser mucho más concurrida en atención a los que vengan a presenciar las corridas de novillos proyectadas”, por todo lo cual, estos vecinos suplicaban al alcalde que hubiese “acuerdo de que se celebren dichas fiestas, y para que el Ayuntamiento no le sea gravoso se obligan a contribuir con la cantidad que sea necesaria para la instalación de casetas, colocación de banderas, riego, fuegos y farolillos, si bien con la economía posible”.

El escrito fue leído de manera íntegra en la sesión de 8 de julio de 1905, y tras lo cual se abrió el debate entre los concejales nazarenos. El primero en usar la palabra fue Jesús de Grimarest, quien manifestó que “debía accederse a lo solicitado por los industriales, en consideración a los razonamientos atendibles que exponen, sin que la condescendencia signifique que el Ayuntamiento vuelve sobre su acuerdo y revoca, puesto que la acordada supresión de los festejos de la Velada tuvo por fundamento único la carencia de fondos para atender a los gastos, nunca el de privar caprichosamente al pueblo del recreo y esparcimiento honesto que disfruta en esos días”.

Supresión de las fiestas

También hicieron uso de la palabra los concejales Gómez Claro, de Cos y Jiménez, quienes defendían la supresión de la velada de Santa Ana ese año para evitar más gastos. No obstante, fueron “persuadidos y convencidos por la repetida lectura del citado escrito de que los industriales están propicios á sufragar todos los gastos que originen los festejos de la Velada”.
Finalmente, se acordó seguir lo que manifestó Grimarest, por lo que finalmente hubo fiestas.

Y días más tarde, en la sesión de 22 de julio, los capitulares acordaron lo siguiente: “Para dar público testimonio de amor y veneración a Nuestra Señora Santa Ana, Patrona de este pueblo, y defiriendo a la invitación de la Hermandad, acordó el Ayuntamiento asistir en Corporación a la función principal y procesión de la Sagrada Imagen de la Santa, cuyos solemnes cultos tendrán lugar el día 26 del corriente mes, quedando acordado también que se faciliten a la Hermandad para ayuda de gastos las 125 pesetas”.

Llegaron las festividades de Santiago y la Velada de Santa Ana y se celebraron modestamente las procesiones del Corpus Christi y de Señora Santa Ana, se colocaron farolillos y casetas en la plaza de Alfonso XIII, y en la tarde del 26 de julio se lidiaron en la plaza de toros de Dos-Hermanas cuatro novillos de la ganadería de los señores Collantes y Bustillo, siendo espadas Francisco Martín ‘Vázquez’ de Alcalá de Guadaíra, José Corzo ‘Corcito chico’ de Sevilla, el malagueño José Aramburo ‘Perchelero’, y el coriano José Díaz.
De esta forma, se pudieron salvar las fiestas de 1905, que estuvieron durante un breve espacio de tiempo en verdadero suspenso.

¿SABÍAS QUÉ… ?
La sevillana doña Francisca Pacheco, viuda de don Diego de Ávalos y Herrera, en su testamento de 25 de mayo de 1650 mandó que se hiciese “un manto a Señora Santa Ana de raso blanco con su guarnición de puntas de oro y su ranglan por de dentro de oro para con el vestido de tela encarnado”, al tiempo que también mandó hacer, a su costa, a Nuestra Señora del Rosario “otro manto de raso blanco con puntas de oro”.

Publicidad

Responder

Por favor, haz tu comentario.
Por favor, introduce tu nombre