(Lucas 10, 1-13) BAJABA un hombre de Jerusalén a Jericó. Era un camino peligroso porque había bandas que asaltaban con violencia. Aquel hombre era un samaritano. El samaritano al ver a lo lejos algo que parecía un hombre herido se acercó, vio que estaba en lo cierto, cogió algunas cosas para curarlo, lo hizo, montó en su vehículo al herido y lo llevó al hospital más cercano.

El recepcionista llamó enseguida a la policía, y en cuando le contó que había venido un samaritano ayudando a un hombre herido, tomó preso al samaritano, lo llevó a comisaría y allí lo acusaron de tráfico de personas; lo interrogaron sobre qué interés tenía en aquel herido y si tenía algo que ver con la venta de órganos. Aquel buen samaritano sin entender nada pasó varios días en la cárcel hasta que el Estado tuvo la seguridad de que quien quisiera ayudar a alguien herido al borde de algún camino se lo pensaría dos veces y pasaría de largo.

Puede pareceros una lectura exagerada de la parábola del buen samaritano, pero es lo que está pasando en el Mediterráneo cuando alguien ayuda a los migrantes que naufragan y van a la deriva a una muerte segura. Eso le ha pasado a Carola Rackete, una joven alemana capitana de un barco de salvamento, que ha pasado unos días en la cárcel por hacer de buena samaritana.

Eso le ocurre a Miguel Roldán, un bombero de Sevilla, encausado por la justicia italiana por ayudar a personas que estaban ahogándose. ¿Cómo puede entenderse este hostigamiento que parece sistemático y programado por todos los países de la UE? ¿Dónde quedó la ética ilustrada y progresista que nos caracterizaba? Quizás…: encarcelada, perseguida, criminalizada.

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