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(Juan 21,1-19) LA VERDAD de nuestra vida se juega en lo que no se ve, porque el pudor o los intereses lo ocultan, y en lo que pasa desapercibido porque la costumbre lo ha hecho transparente, invisible.

Así ocurría con la minusvaloración de la mujer, que de habitual se hacía invisible, o con las personas con algún tipo de discapacidad; así ocurre con la condena a la marginación de los niños de barrios de exclusión, o con los adultos jóvenes que siguen sin poder iniciar su proyecto de vida por culpa del empleo precario -el precariado, que se le llama-, o con la población de los países explotados del Sagel, del África subsahariana.

Cuando el sufrimiento de las personas se sumerge en el silencio o en el olvido se resiente toda nuestra humanidad, todos nos hacemos menos humanos y menos cristianos. La revelación bíblica nos muestra un Dios Padre de todos, que por serlo busca incansablemente a los últimos, y se hace uno de ellos, y desde ellos y con ellos inicia el camino de la liberación, y en el seno de la pobreza y la cruz hace brotar la luz de su entrega.

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“Rema mar adentro y echa las redes”, dice en el evangelio del próximo domingo el Señor a Pedro. “Si vas a pescar no te quedes en la comodidad de las aguas superficiales, rema a lo profundo y allí echa las redes de la misericordia de Dios”. Cada anciano abandonado que sienta la presencia de Dios gracias a tu cercanía, cada adulto joven que sepa que la iglesia lo comprende y comparte sus frustraciones y sus proyectos, cada inmigrante que se siente acogido e integrado en nuestra sociedad y nuestra iglesia… es “pez de aguas profundas” que Jesús te encomienda.

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