(Juan 16,12-15) LAS RELIGIONES fueron poco a poco purificando su imagen de la divinidad. Desde comienzos groseros y primitivos en los que un animal poderoso y temible, o una montaña grande y peligrosa eran «tabú», y eran llamados dioses; hasta ir comprendiendo que Dios es fuente de bien y dador de vida, de tal manera que adoraron al Sol como si fuera el dios verdadero.

El antropomorfismo politeísta de muchas culturas, donde los dioses tenían pasiones demasiado humanas, fue purificándose hasta comprender que lo divino tenía que ser una esencia pura, simple, incognoscible, fundamento de todo. El monoteísmo fue ganando, poco a poco, sobre todo a las clases más cultas desde el oriente al occidente. Las personas más espirituales comprendieron que Dios era Uno, Bien, Verdad, Belleza.

Pero Jesucristo lo alteró todo. Él que hablaba de Dios como Padre de Misericordia, después de su resurrección fue comprendido como igual a Dios. Los apóstoles podían dudar de todo, menos de que en Jesús se habían encontrado con el Rostro del Inefable, con la Misericordia del Todopoderoso, con la Belleza del que todo lo hizo. Y así tuvieron que comprender que la divinidad no era la simplicidad racional que sus mentes intuían. Dios mismo se les había revelado como Padre, Hijo y Espíritu, y la alteridad estaba en la realidad misma de Dios.

Lo distinto se compenetra en un amor que une sin confundir. Lo distinto enriquece haciendo saltar todos los límites. Lo diverso nos hace vivir en el encuentro, en el mismo salir. Lo distinto prueba nuestra misma humanidad; y acoger y entregarnos al otro, como otro, nos hace ser nosotros mismos en realidad.

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