Juan 24,46-53

SEGURAMENTE habrás visto en algún medio de comunicación escenas del proceso judicial a los miembros de la Generalidad de Cataluña enjuiciados por declarar la independencia de aquella comunidad autónoma. A todos nos ha llamado la atención la firmeza con que el juez Marchena recrimina a los testigos cuando comienzan a hacer valoraciones políticas, o cuando intentan exponer opiniones personales en torno al llamado «procés». «A un testigo sólo se le pide que dé razón de lo que ha visto y ha oído, de lo que ha presenciado», suele ser su frase habitual.

Los creyentes hemos de ser testigos de la fe atendiendo a esa admonición del juez Marchena. Algunas veces ofrecemos largos razonamientos que no interesan mucho, y que no mueven a conversión a nadie. Otras veces refugiamos nuestra fe en una religiosidad que tiene más de cultura y tradición que de experiencia personal de encuentro con Jesús. Si en un «juicio» tuviéramos que dar testimonio de quién es y ha sido Jesús para nosotros, qué diríamos.

Y ya sabéis: no valen largos razonamientos teológicos; no valen sentimentalismos subjetivos que no se pueden compartir; tampoco son admisibles en ese testimonio las tradiciones culturales o folclóricas de nuestro pueblo que pueden ser unas u otras. Lo único que tiene validez en tu testimonio evangelizador es narrar lo que tú has vivido al seguir a Jesucristo en tu vida, cómo te encontró Él y cómo te dejaste encontrar, cómo te cambió la vida y cómo te hizo una persona nueva, cómo lo pudiste ver cuando entraste en la comunidad cristiana, cómo tantas veces te inundó de paz y valentía su Santo Espíritu.

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