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Milán, no es Roma, ni Florencia, ni Venecia, es una ciudad del norte con aires de grandeza, sin la luz ni la alegría del sur mediterráneo. Uno de los pilares donde se sostiene su fama como gran urbe del mundo es su Teatro de la Scala, que anexo tiene un museo en el que recogen la historia de las obras musicales y los compositores e intérpretes más ‘top’ que han pasado por este emblemático templo de la opera.

Visitándolo, fácilmente me percaté de que no había ni rastro de Pavarotti, y en respuesta a mi pregunta sobre esta sorprendente ausencia, se me dio como único argumento los fallos que cometió en su última actuación en la Scala donde fue abucheado por la bancada más purista del selecto público de este insigne aforo. Once años después de su muerte, el tenor italiano más famoso del siglo XX sigue desterrado de la historia de este epicentro mundial del clasicismo operístico.

Querido Luciano:

A mi modesto entender, no fue tu humano fallo como cantante aquella noche en tu Don Carlo, cuando en la palabra dona fallaste clamorosamente en el agudo, lo que motivó que parte del público asistente se convirtiera en un banco de pirañas devorando el gran mito en que te habías convertido.

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No, fue por cantar con el corazón Caruso, Miserere, Ave María, O Sole Mío. Por acercar el canto al pueblo llano de donde tu provenías, por dejar de ser mito exclusivo de las élites y abrazar con tu voz y tu presencia a las masas del mundo. Por cantar junto a Barry White, Roberto Carlos, Stevie Wonder, George Machael, Bono, Mercedes Sosa, James Brown, Liza Minnelli, Elton John, etcétera. Todos ellos, con más seguidores que espectadores pueden entrar en la Scala en mil años; ese fue para ellos tu gran fallo.

Las élites nunca perdonan a los divos que se mezclan con el gran público, por eso te han proscrito de su museo. Pero, a pesar de ello, tú seguirás eternamente en la memoria musical de millones y millones de personas en todo el mundo; esa memoria donde ellos jamás existirán.

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