Juan 14,23-29

ES SORPRENDENTE la extensión con la que el evangelio de san Juan describe la Última Cena. Los capítulos 13, 14, 15, 16 y 17 de su evangelio los dedica a narrar todo lo que allí vivieron los discípulos con Jesús. Los otros evangelistas nos describen la institución de la eucaristía, el anuncio de la traición de Judas y que cantaron los himnos. En Juan parece que la experiencia de aquella cena, que vivirían entre el estupor y el miedo, se ve enriquecida por las experiencias en las que al partir el pan Jesús Resucitado vino realmente a ellos y los colmó con su Vida.

En el relato de la Última Cena, san Juan nos permite escuchar palabras luminosas, hondas, apenas comprendidas, pero que llenan de paz el alma: «un mandamiento os doy, que os améis como yo os he amado»; «yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mí»; «os dejo mi paz, mi paz os doy; «ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos»…

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él», resonará en nuestros templos el próximo domingo cuando el evangelio sea proclamado. El Señor nos anticipa una experiencia religiosa profunda y plenificadora, una experiencia mística.

Como aquella que siglos más tarde intentó expresar san Juan de la Cruz: ¡Oh llama de amor viva/ que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro!/ Pues ya no eres esquiva/ acaba ya si quieres,/ ¡rompe la tela de este dulce encuentro!

A esta experiencia somos llamados en cada eucaristía. ¿Qué habremos hecho para llegar a llamarla «precepto dominical»?

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