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El nacimiento de esta céntrica calle San Rafael no está del todo claro, aunque bien pudo aparecer en los años finales del siglo XV o en los primeros de la siguiente centuria. En esas fechas se trataría de una simple callejuela sin nombre que serviría de acceso a unas pocas casas próximas a la calle Real. Sería bueno aclarar que por aquel entonces (y hasta principios del siglo XX) las actuales calles San Rafael y Alcalde Tierno Galván formaban una misma vía, concentrándose en la primera las pocas casas (principalmente aquellas cuya fachada principal daban a la calle Real) que allí existían.

A lo largo de los siglos siguientes, esta céntrica vía continuó siendo considerada como una simple callejuela, sin casas habitadas, que daba acceso a alguna que otra huerta, con escasa iluminación y muy mal pavimentada, formándose grandes charcos cuando llovía, lo que la hacía intransitable en la mayor parte del año.

Con aquella consideración continuó durante casi todo el siglo XIX, no apareciendo en ninguno de los padrones que se confeccionaron en aquella centuria, pues seguían sin haber casas abiertas a esta calle.
Sin embargo, la situación cambió en la época de la Restauración borbónica, a partir de 1874. Ya en los padrones parroquiales de 1885-1886 aparece recogida, y, según el de 1892, poseía diez casas y cuarenta y un vecinos.

Vecinos ilustres

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Entre los vecinos que han residido en esta céntrica calle, destaca la figura de Manuel Rodríguez y Rodríguez, que ocuparía la alcaldía nazarena a finales del XIX. Nacido en 1846, era hijo del tendero Marcos Rodríguez Herrera (1806-1854), natural de Soto en Cameros (La Rioja), y de la nazarena Carmen Rodríguez de Quesada. En 1878, fue nombrado maestro auxiliar de la escuela pública de niños n.º 1 de esta villa, pero tiempo después decidió abandonar la docencia para dedicarse a la que siempre sería su gran pasión: la música.

De esa manera, en julio de 1882 renunció a ese empleo y se centra en el de organista (lo era desde 1876) en la parroquia nazarena de Santa María Magdalena, ocupando ese puesto prácticamente hasta que murió en 1929. En 1866, contrajo matrimonio en la parroquia de la Magdalena con la nazarena Pastora García y García, de cuya unión hubo cinco hijos, entre ellos el conocido y preclaro presbítero don Rafael Rodríguez García (1873-1931).

Durante muchos años vivió en el número 2 de esta calle San Rafael. Su interés por la política local comenzaría a principios de la década de 1890, encuadrándose en las filas de los carlistas, en su rama integrista, aunque siempre mantuvo muy buenas relaciones (incluso estrecha colaboración) con don Jesús de Grimarest, el líder de la otra rama, la tradicionalista.
Obtuvo su acta de concejal en 1897, y, a partir de ese momento, se iniciaría su ascenso en la política municipal, alcanzando la alcaldía nazarena en 1899. Su mandato se prolongó hasta que en 1901 decide, por motivos personales, abandonar el cargo. En él dejó su impronta, materializada en la creación de una academia de música en 1901. Tras su abandono de la política, no hubo por su parte interés alguno por inmiscuirse en los asuntos de la villa. Falleció en Dos-Hermanas el 18 de marzo de 1929.

Estaba adquiriendo cierta importancia, pero no la suficiente como para que las autoridades locales decidiesen incluirla en la lista de calles que se verían beneficiadas con el alumbrado eléctrico. Así, tuvo que esperar hasta bien entrado el siglo XX, al igual que para ser adoquinada.

Pero si por algo fue conocida esta calle fue por ser la que daba acceso a la frondosa huerta recreo de San Pedro, más conocida con el popular nombre de huerta Palacios, por la familia propietaria de la finca: los Fernández Palacios. Tal función la ha tenido hasta que a finales del siglo XX desapareció la propia huerta.

Asimismo, en los últimos años del referido siglo se procedió, al igual que la vecina calle Nuestra Señora de Valme, a su peatonalización, y en los inicios de la presente centuria se le dio el aspecto que actualmente posee.

¿Sabías que… ? En la época de la Restauración borbónica (1874-1902), constituía una verdadera preocupación para las autoridades nazarenas el que las tabernas estuvieran abiertas después de las diez de la noche (once en verano), hora señalada por el consistorio para cerrar todo tipo de establecimiento de bebidas. En noviembre de 1876, el tabernero José Ramos Claro fue penado por mantener abierto su establecimiento horas después de lo fijado en los bandos municipales. Y en mayo de 1877, volvería a ser multado por haber faltado a la autoridad del alcalde “en repetidas veces sobre la hora en que han de cerrarse los establecimientos de bebida sin consentir a nadie dentro de los mismos después de dicha hora”.

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