Juan 20,19-31

LA TENTACIÓN de «ir por libre» es una constante en nuestra vida. Y no nos han faltado razones cuando en algún momento, en vez de participar en un grupo o colectivo hemos preferido vivir nuestros valores, nuestros gustos, nuestras opciones sociales sin vincularnos a ningunas siglas ni a ninguna estructura.

Todas las personas tenemos tantas incoherencias y lagunas, todas las instituciones tienden tanto a esclerotizarse, a perder los primeros ideales, que cuando somos mínimamente críticos nos da miedo vincular nuestro nombre y nuestra vida a un grupo que, obviamente, supera nuestra capacidad de acción y decisión. En este tiempo de las redes sociales y del «me gusta» desde la butaca de nuestro salón, la tentación se diluye tanto que podemos perder la conciencia del individualismo que vivimos.

Y, sin embargo, solo en comunidad, solo uniendo nuestras ilusiones y nuestras fuerzas a las de los demás, solo acogiendo las debilidades de los otros y dejándonos acoger en nuestras debilidades, somos fuertes.

Tomás, el apóstol, tuvo experiencia de cómo aislarse y marginarse del grupo lo privaba de la primigenia luz de la resurrección del Señor. Pero también tuvo la experiencia de que la fuerza que une a la Iglesia no es la virtud de las personas que la componen.

Él experimentó que la fuerza de la Iglesia es la comunión con aquel Nazareno de la historia que al resucitar la constituye, la funda, y es su más íntimo y verdadero dinamismo. Porque Cristo es el alma de la Iglesia merece la pena ser iglesia. No te aísles, busca un grupo en el que vivir tu fe, en el que encarnar tu vocación a hacer un mundo más humano.

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