A la vuelta de la esquina

Premiada en festivales como Berlín, Nápoles, Atenas o Valladolid, estamos ante uno de los mayores descubrimientos del cine europeo del año. A la vuelta de la esquina es una película de apariencia pequeña, una sinfonía, una danza, que tiene lugar en uno de esos lugares deshumanizados en los que nunca pasa nada (los pasillos de un gran supermercado) donde, sin embargo, asistimos a un compendio de los sentimientos humanos, y haciendo un excelente uso de los silencios, que son aquí más significativos que los diálogos.

Christian, un chico callado, solitario y de pasado tumultuoso, entra a trabajar en la sección de bebidas de un gran supermercado. Allí, queda al cuidado de su compañero, el veterano Bruno, quien le enseña los trucos de la profesión y se convierte en su amigo. Pronto, Christian conoce a Marion, que trabaja en la sección de dulces y bromea con él, y cae enamorado de ella. Bruno le apoya, pero le advierte de que ella está casada, aunque no es feliz en su matrimonio.

Alemania, 2018 (125′)
Título original: In den Gängen.
Dirección: Thomas Stuber.
Producción: Jochen Laube, Fabian Maubach.
Guión: Clemens Meyer y Thomas Stuber, basado en el relato corto de Clemens Meyer.
Fotografía: Peter Matjasko.
Montaje: Kaya Inan.
Intérpretes: Franz Rogowski (Christian), Sandra Hüller (Marion), Peter Kurth (Bruno), Andreas Leupold (Rudi), Michael Specht (Klaus), Ramona Kunze-Libnow (Irina Pfeiffer), Henning Peker (Wolfgang), Steffen Scheumann (Norbert), Matthias Brenner (Jürgen), Gerdy Zint (Tino).

Es un drama social, donde también hay momento para la sonrisa, para las bromas. Pero también es una cinta muy estética, donde casi puede verse una danza de máquinas elevadoras. De hecho, el arranque es hermoso en este aspecto, con un recorrido por los pasillos vacíos, al ritmo de El Danubio azul. Stuber presta también mucha atención al detalle (no en vano, sus inicios en el cine fueron como script, pendiente de que la continuidad entre planos fuese perfecta). Y consigue el logro de que las dos horas largas de duración se pasen casi en un suspiro, que no sobre ni un solo plano.

A la vuelta de la esquina (título quizás menos significativo que el original, En los pasillos) reflexiona sobre la soledad que atenaza a muchas personas en la actualidad, soledad física y emocional, sobre todo personificada en el personaje principal. Christian vive en un piso austero, destartalado, devastado, desolado… como su vida, cuyo tormentoso pasado quiere dejar atrás cuanto antes. Y también sobre la alienación de un trabajo mecánico y reiterativo (expresado a la perfección con la repetición de los mismos actos sencillos y diarios de ponerse la bata del uniforme, estirar las mangas y meter el cúter en el bolsillo), con una historia que transcurre casi en su totalidad entre estanterías y productos a la venta, en un lugar en el que no se nota el paso del tiempo y donde no se ve la luz del sol. El único atisbo del exterior, de escape, es el sonido del mar, la libertad, el aire fresco, que Christian puede oír cada vez que ve a Marion.

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