Lucas 13, 1-9

MUCHOS MOTIVOS nos parece que tenemos, en ciertos momentos de nuestra vida, para llenarnos de amargura. La soledad, los reveses de la vida, nuestras propias incoherencias… Pero como decía el poema de Shakespeare:

Si entonces pienso en ti, mis pérdidas
se compensan, y cede mi amargura.

La bondad fiel del Señor para con su pueblo fundamenta nuestra esperanza. Una esperanza deseosa de corresponder a ese amor, como todo amor que amor recibe.

Nuestra forma de corresponder al amor de Dios es dar frutos de misericordia: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar a los presos, enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita… Pensar en Ti compensa nuestras pérdidas, disuelve nuestra amargura y nos llena del deseo de dar el amor que se nos ha dado.

Pero el deseo ha de volverse realidad para que no acabe en desesperanza y melancolía más corrosivas aún que la amargura primera. Y dar frutos de misericordia no se improvisa. La pujanza de la savia de la que brota la flor y el fruto viene de unas raíces fuertes que encuentran la humedad de la tierra en que se afirman.

Esta cuaresma ha de ser el comienzo para acoger la hermosura de la pobreza, que nos dará libertad; para contemplar el rostro de nuestros hermanos que sufren, que nos mostrarán el camino del compromiso; para dejar que el Espíritu de Dios nos lleve a buscar personal y comunitariamente caminos de verdadera conversión cristiana.

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