Publicidad

Lucas 9, 28-36

EL RECUERDO de la plenitud vivida a veces nos llena de melancolía; pero cuando vivimos con el corazón pacificado y siendo fieles a lo que nuestro corazón nos pide, en vez de en sentimiento agridulce por la felicidad que no vuelve, ese recuerdo se convierte en fogata hogareña en nuestro interior.

Nada nos devolverá los días
del esplendor sobre la hierba,
pero nos recordaremos
y fortaleza hallaremos
en lo que de ello nos queda.

Publicidad

Para el creyente, el recuerdo del bien alienta nuestra esperanza para seguir con fortaleza acogiendo la gracia siempre nueva, siempre luminosa de Jesucristo. Pedro, Juan y Santiago -así lo recuerda el propio Pedro- contemplaron a Jesús algo así como transfigurado en lo alto de un monte cuando se los llevó a unos días de oración. Él no pudo olvidar nunca la experiencia. Y después de la pasión y muerte, cuando la esperanza parecía perdida y la gracia de Dios venía en la noche, aquel recuerdo le hizo anhelar lo imposible.

Así también nosotros debemos recordar -pasar por el corazón- las experiencias que nos han hecho ser lo que somos, que pueden seguir iluminando nuestra vida. Cuando las olvidamos, nos perdemos. No olvides la amistad confidente y fiel de la adolescencia; ni el amor tierno y apasionado de los primeros momentos con tu pareja; no olvides tampoco aquellos momentos en los que Jesús te hizo ver su luz en tus oscuridades, y te hizo valiente para construir su Reino.

Publicidad

Responder

Por favor, haz tu comentario.
Por favor, introduce tu nombre