Lucas 6, 39-45

ALGUNA DE LAS parábolas de Jesús roza con el humor negro: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? La propia escena nos invita a imaginarla protagonizada por alguna conocida pareja cómica sacándole punta.

Los padres respecto a sus hijos, los maestros respecto a sus alumnos, los sacerdotes respecto a su comunidad, los políticos respecto a los ciudadanos, los mayores respecto a los más jóvenes… muchos pueden tener el deber o la vocación de ser guías de otros; muchas pueden ser las «cegueras» que nos lleven a caer al hoyo, y hacer caer a los demás.

Hay padres que miran más el móvil que a sus propios hijos… Hay profesores que en vez de mirar por el bien de sus alumnos se dejan manipular por la ideología de lo políticamente correcto, por el miedo a no ser moderno, por hablar y opinar de lo que no saben… Hay sacerdotes que miramos más el número de feligreses que las alegrías o los pesares que reflejan sus rostros… Hay políticos cuyas miras solo están puestas en subir en el escalafón o en decir una frase redonda para las redes… Algunas veces los mayores hemos perdido el centro y vivimos una adolescencia tardía que no puede ser ejemplo de nada hasta caer en lo ridículo… No sé si estaré hoy un poco negativo, pero la pequeña parábola de Jesús parece de bastante actualidad.

Al momento, el Señor nos da un remedio para la ceguera. Es una invitación a darnos cuenta de nuestros errores, de nuestras limitaciones, de nuestros pecados, para poder, así, guiar en algo a los demás. Aunque, de nuevo lo dice con bastante humor.

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