En los terrenos de un antiguo olivar, que habría resistido a la urbanización de la zona, se abrió, a mediados del siglo XVIII una nueva vía, de humildes trazas, tanto es así que se la consideró como una simple calleja o callejuela, la calle de la Botica.

Poco después de su nacimiento, fue recogida en el Catastro del marqués de la Ensenada (1760). En ese momento poseía tan sólo dos casas, una de dos plantas y otra de una sola.

En 1805, continuaba teniendo la consideración de callejuela, pero el crecimiento demográfico que se dio a fines del XVIII había favorecido la proliferación de viviendas en esta vía. De esta manera, en el padrón de la Contribución de 1819 se contabilizan 21 casas, mientras que en el repartimiento de contribuciones de 1830 aparecen 27. El crecimiento poblacional de la vía continuó imparable y seis años más tarde, en 1836, ya existían 41. Por esas fechas no era una calle comercial, ni mucho menos. El único negocio que existía era la pequeña bodega de Vicente Díaz, donde se vendía vino al por menor.

Terminado el siglo XIX, esta calle empieza a tener cierta relevancia, aunque continuaba sin adoquinar. Prueba de esa relevancia que iba ganando es el establecimiento en el n.º 2 de esta vía, en 1878, de la sede de la escuela de párvulos (la primera que hubo en Dos-Hermanas), al frente de la cual, se puso a Ricardo Magariño García.

Llegó el alumbrado público

Inaugurada la siguiente centuria, en 1903 llegó el alumbrado público eléctrico a nuestra villa, pero la calle, llamada entonces Amor de Dios, no se vio agraciada con esta gran mejora.

Sin luz eléctrica y con un suelo intransitable la mayor parte del año, ese era el estado en que se encontraba esta céntrica calle. Ante tal situación, sus vecinos (en su gran mayoría, humildes jornaleros) decidieron tomar cartas en el asunto y, en 1910, elevaron una instancia al consistorio solicitando el reparo. El entonces alcalde, Federico Caro, por su parte, en la sesión de 23 de febrero, manifestaría la necesidad de arreglar ésta y otras muchas calles del municipio, entre ellas Amor de Dios, “conforme se vaya pudiendo”. Lo cierto es que la única mejora que se hizo fue el plantar numerosos árboles a lo largo de la vía en los inicios del siglo XX, árboles que serían retirados en 1918 por decisión de los capitulares.

Vecinos ilustres
A lo largo de su dilatada Historia, han residido en esta céntrica calle numerosos personajes destacados. Por ejemplo, durante unos años tuvo aquí su domicilio el periodista y polifacético Manuel Valera García, y en el n.º 4 tuvo su negocio y vivienda a principios del siglo XX el relojero Teodoro Sánchez Burgos, el único relojero que en esas fechas existía en Dos-Hermanas. El destacado médico Manuel Calvo Leal residió en el n.º 10, y en el n.º 20 vivieron en los últimos años del siglo XIX el torero José Román Caro (1867-¿?) y su hermano mayor, el picador Juan Román Caro (1856-1888). Este último, ingresó en la cuadrilla del Espartero en 1884, teniendo fama en los años siguientes. Murió de resultas de una cornada que le infirió en la Isla Menor un novillo de la ganadería del marqués de Saltillo durante una tienta a las cinco de la tarde del 1º de diciembre de 1888.
El accidente tuvo lugar el 30 de noviembre de 1888. El animal, de nombre Dudoso y marcado con el número 24, después de tomar tres puyazos, arremetió contra el caballo que montaba Román Caro, encargado de la operación, dándole un derrote en el estribo derecho, dejando caer a nuestro biografiado. Ya en la arena, el novillo le causó una terrible cornada en la parte inferior derecha del vientre. Tal desgraciado accidente no lo pudieron evitar ni el citado marqués ni el conocedor de la ganadería. El toro que causó la muerte de Román Caro, se lidió en Madrid en 1890 por Mazzantini.

En esos primeros años del pasado siglo hubo numerosos escándalos protagonizados por los vecinos de esta calle. Algunos de ellos nos han llegado a través de la correspondencia del juzgado municipal, como por ejemplo el ocurrido en la tarde del 26 de octubre de 1914, cuando un vecino “en estado de embriaguez” comenzó a proferir palabras insultantes contra “varias personas y particularmente al Señor Alcalde [en esa fecha era Francisco Hidalgo Oliva] y su madre [Concepción Oliva]”.

El vecino se encontraba “frente a la taberna de Manuel Alcoba”, quien no dudó en manifestarle “que no le permitía frases de aquel modo delante de la puerta”. Finalmente, fue detenido y llevado a la cárcel municipal.
Pasado el tiempo, la calle fue adoquinada, cumpliéndose así un viejo anhelo de sus vecinos y residentes. Luego, en 1942 el consistorio cede un local situado en esta calle para instalar allí una guardería infantil, y años más tarde se compró la casa n.º 10 para ampliar la casa de socorro, cuya puerta principal daba a la calle Santa María Magdalena.

A partir de la década de 1970 se han ido haciéndose numerosas mejoras que han dado a la calle el aspecto que hoy en día vemos.

¿Qué nombres tuvo?
Tras su nacimiento a mediados del siglo XVIII, la calle pronto comenzó a ser conocida como callejuela de la Botica. Uno de los primeros documentos donde aparece con esa denominación es la escritura de partición de los bienes de Luis de Rivas y Beatriz de Arquellada, otorgada el primer día de diciembre de 1760. Pero, ¿a qué botica hace referencia?
En 1761, sabemos que era boticario de la villa Andrés Rasgado. Es muy probable que su botica estuviera en esta calle y de ahí vendría el nombre de la vía. En cualquier caso, con esta denominación estaría hasta bien entrado el siglo XIX. Es en 1890, cuando el consistorio decide bautizarla con el nombre de Marqués del Duero, en honor del general Manuel Gutiérrez de la Concha (1808-1874), que recibió ese título nobiliario de manos de Isabel II en 1848. Pero la coalición conservadora-tradicionalista que gobernó el consistorio nazareno a fines del XIX decidió, en 1900, cambiar el nombre de esta calle y ponerle Amor de Dios.
Volvió el cambio de denominación en 1906. El 30 de noviembre, el nuevo consistorio resolvió imponerle el de Rodríguez de la Borbolla, en recuerdo del político sevillano Pedro Rodríguez de la Borbolla. Proclamada la II República en abril de 1931, se procedió a cambiar buena parte del nomenclátor nazareno. Entre las calles afectadas estuvo ésta, que pasó a ser llamada Martínez Barrio, en homenaje del sevillano Diego Martínez Barrio, en ese momento ministro de Comunicaciones (1931). A partir de entonces sufrió dos nuevos cambios: en 1934 se llamó Alejandro Lerroux y, a partir de 1937, Héroes de Toledo en recuerdo de los que defendieron el alcázar de Toledo durante su asedio en 1936. La primera corporación municipal de la Democracia, presidida por Manuel Benítez Rufo, decidió, en 1980, devolver a esta calle su tradicional denominación (Botica), que aún conserva.

¿Sabías qué?

El edificio más emblemático de esta calle Botica es Villa Pepita. Antigua finca de recreo construida en los últimos años del siglo XIX, era de estilo neomudéjar (muy popular en aquellas fechas), y destacaban del conjunto sus hermosos y frondosos jardines, hoy desaparecidos. En sus inicios se llamó Villa Anita, como bien aparece en el plano de alineaciones de 1902 de Álvarez Benavides. Poco después trocó su denominación por Villa Pepita, sin que se sepa a ciencia cierta quién era esa Pepita. Hay quien dice que se trata de Josefa Gómez de Lesaca García (1861-1909), la esposa del que sería alcalde de la villa Federico Caro.

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