La marcha de hondureños, que comenzó el 12 de octubre en el calor tropical de San Pedro Sula, llama a la perplejidad: miles de familias, ancianas, niños solos, matrimonios jóvenes con niños pequeños, se han echado a un camino de miles de kilómetros con muy pocas posibilidades de lograr el objetivo de ser admitidos en los Estados Unidos por quien hace de las políticas anti-inmigratorias bandera electoral e ideología política.

Sólo unas condiciones de vida terribles pueden justificar que decenas de miles de hondureños, no sólo ahora, sino cada año, escojan el camino de la emigración como la única esperanza de su vida. Efectivamente, la pobreza severa de más de la mitad de la población (un 60.9%) y el clima de inseguridad social con un índice de homicidios que ha llegado a más de 80 muertos por cien mil habitantes, en fechas no muy lejanas, hacen que más de diez mil personas encaren esa marcha de cuatro mil kilómetros a pie, sin nada más que su esperanza. El rostro de los pobres hoy se encarna en ellos.

La marcha de hondureños, que podría parecer coyuntural, se convierte en categoría histórica y en signo de los tiempos por la intensidad de las corrientes migratorias de la población de lugares empobrecidos, donde la violencia se ha hecho estructural – ya sea por guerras, ya sea por terrorismo o delincuencia criminal-. La marcha de refugiados sirios hacia centro Europa, la de subsaharianos hacia Francia y Alemania, pasando por Italia o España, la presión migratoria en la frontera mejicana de Estados Unidos, etc., no cesarán, o serán sustituidas por otras corrientes migratorias.

La perplejidad ante la desesperación que revela, se profundiza ante el hecho de que van buscando la solución de sus problemas donde precisamente se causan. Huyen de sus países empobrecidos para ir a los países donde se decide y se fragua su empobrecimiento. En vez de huir de “Egipto” en un éxodo que busque la Tierra Prometida, una tierra donde ser libres y vivir en justicia, van huyendo hacia el “Egipto” que ha causado las situaciones inhumanas que les hacen huir. Los intereses en las materias primas de los países del sur, el comercio de armas, los negocios de los grandes bancos con gobiernos “bizcochables”, las prácticas especulativas del comercio internacional que ejercen gobiernos y corporaciones de los países del norte, etc., han trenzado la soga que los subyuga a la esclavitud de la que pretenden huir.

Posiblemente no haya otra solución personal para muchos que la de la emigración, cualquier intento de realización utópica se ha visto siempre cercenado por la corrupción interna y la violencia instigadas por intereses externos, pero no deja de ser paradójica la situación.

Uno de los resultados concretos de estas corrientes de refugiados económicos, aunque no sea esa la intención ni de los hondureños ni de los subsaharianos de la valla de Ceuta, es que están llevando a las regiones donde el capitalismo globalizado muestra su rostro de opulencia la contradicción de su propia realidad. Si en el Éxodo, el pueblo de Israel huía del Egipto explotador, en el Nuevo Testamento, Jesús de Nazaret llevó su mensaje y sus signos proféticos a Jerusalén, al corazón de la religión judía y del poder económico y político de su tiempo; y eso mismo hicieron Pedro y Pablo, llevando la fe cristiana a Roma, capital de un imperio esclavista y cruel, en época de Nerón.

Querer que los inmigrantes se queden lejos del poder que empobrece y explota los recursos de sus países es negarse a asumir las responsabilidades que los centros de poder del primer mundo tienen en los problemas estructurales de esos países. Por eso, la caravana de hondureños que quiere entrar en Estados Unidos, o los subsaharianos que buscan una puerta para entrar en Europa son la denuncia más clara de la injusticia y la inhumanidad del proyecto civilizatorio de occidente. Cada inmigrante que logra sortear las barreras con que se defienden las fronteras es un signo de contradicción ante este orden del mundo que se asienta en la injusticia; cada inmigrante que muere en el intento de acceder a los bienes primarios que se les niegan en su país es un testigo de la radical injusticia del capitalismo globalizado y consumista que vivimos.

Su vida y su muerte se convierten en denuncia profética. Con un mínimo de igualdad no habría migraciones forzadas, ni grandes masas de desposeídos huyendo de sus países. Decía Lactancio, el Cicerón Cristiano en el siglo III, que “Dios, que ha creado y da vida a los hombres, quiso que todos fuesen iguales. He aquí por qué no podía existir la justicia entre los romanos. Donde no son todos iguales no hay equidad. La desigualdad excluye la misma justicia”. La esperanza que impulsa a los migrantes a arrastrar penalidades, sacrificio y peligros de muerte es el sueño de recuperar la igualdad que todos tenemos a los ojos de Dios. La contradicción de realidad a la que someten nuestra ideología de humanismo democrático es una oportunidad que tenemos de buscar un nuevo proyecto civilizatorio que permita a todas las personas, nazcan donde nazcan, tener condiciones adecuadas para su desarrollo personal.

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