En la tarde del 14 de mayo de 1645, la ribera izquierda del río Guadaíra (que entonces servía de límite entre los términos de Sevilla y Dos-Hermanas) fue testigo de un duelo entre dos caballeros sevillanos de rancio abolengo.

En aquellas fechas se había hecho muy popular, sobre todo entre los miembros de la aristocracia, el batirse en duelo, hasta tal punto que fue duramente perseguido por las autoridades civiles y condenado por las eclesiásticas, pues eran muchos los que morían a resultas de estas peleas, en una época, ya de por sí, caracterizada por una alta mortalidad, y en la que hacían falta soldados para la guerra.

El día antes de que ocurrieran los hechos que vamos a relatar (recogidos hace años por el escritor sevillano José María de Mena), el provincial de la Santa Hermandad Juan Gutiérrez Tello de Guzmán, emparentado con los duques de Medina Sidonia, tuvo unas palabras airadas con don José de Zuleta Ordiales.

Éste, sintiéndose ofendido y viendo mancillado su honor, desafió a Gutiérrez, quien aceptó el reto. Se señaló como escenario del duelo a un paraje solitario situado junto a la orilla del viejo cauce del Guadaíra (hoy en día este río discurre mucho más al sur), en el término de Dos-Hermanas.

El lugar escogido no fue casual: estaba muy cerca de Sevilla, pero si la noticia del duelo (que recordemos, estaba castigado) llegaba a oídos de las Justicias de la capital, éstas no podían hacer nada por estar el sitio en el término municipal nazareno. Por su parte, Dos-Hermanas estaba a dos leguas del lugar del duelo, por lo que sus Justicias tardarían un tiempo en llegar, el necesario para poder escapar.

Duelo de muerte

En la fecha señalada (14 de mayo), acudieron al lugar los dos interesados (Gutiérrez y Zuleta) acompañados por sus respectivos padrinos (Blas Rodríguez de Medina y Jerónimo Viedma). El duelo terminó con la muerte de los dos padrinos, que fueron enterrados, Blas Rodríguez en la parroquia de San Bartolomé de Sevilla y Viedma en la iglesia del convento de San Diego de la capital. Aquel desgraciado incidente causó honda impresión en Sevilla, al ser ambos, conocidos miembros de destacadas familias nobiliarias.

En el lugar donde se dio el duelo se levantó al poco tiempo un sencillo pedestal de ladrillos, en el que se colocó una cruz de hierro y, en la base, una lápida de mármol con la siguiente inscripción: “En domingo, 14 de mayo del año de 1645, a las quatro de la tarde mataron en este sitio un cavallero. Rueguen a Dios Nuestro Señor por él”.

Ese monumento, humilde y sencillo donde los hubiese, se convirtió con el paso del tiempo en un hito del paisaje y tan popular que dio lugar a un topónimo, conociéndose esa zona como el pago de la Cruz de los Caballeros o, simplemente, pago de los Caballeros. Topónimo que perduró hasta bien entrado el siglo XX, en que cayó en desuso. Actualmente, en esa zona se alza el barrio sevillano de los Bermejales.

Pasados los años, a finales del Sexenio Revolucionario (1868-1874), el escritor José Lamarque de Novoa decidió desmontar el monumento y emplazarlo en su finca de Dos-Hermanas, la conocida Alquería del Pilar, con el fin de salvarlo del olvido y la desidia en que se encontraba. Y así, ladrillo a ladrillo fue trasladado a Dos-Hermanas, donde permaneció hasta que en la década de 1980 la Alquería pasó a manos del municipio. Entonces se comprobó que el monumento había sido trasladado por la antigua familia propietaria de la finca.

Desconocemos el paradero actual de la Cruz de los Caballeros, un monumento que bien debería ser rescatado. Si es que aún se conserva…

¿Sabías que… ? El primer sacristán de la iglesia de Santa María Magdalena del que se tiene constancia documental fue Francisco López, quien el 25 de junio de 1518 se obligó a “servir de sacristán en este dicho lugar por tiempo de un año, por precio de lo que sea costumbrado dar a un sacristán”.

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