(Lucas 3,1-6)

TODAVÍA NO ME creo lo que estamos haciendo, Jesús. Más de un centenar de personas, familias enteras, te acompañamos hacia Jerusalén, sabiendo que allí las cosas se pueden poner muy feas… Pero lo que más me cuesta trabajo creer es que esté aquí y hablando contigo.

¿Por qué dices eso, María? ¿Acaso quieres volver a Magdala?

No digas eso, ninguno de nosotros quiere separarse de ti, ya lo sabes. Además de Magdala tengo muchos malos recuerdos. Si todos los que estamos aquí hemos cambiado mucho, yo creo que la que más ha cambiado soy yo. Es como si hubieras echado de mí los siete demonios.

Tú no eras una mala mujer.

Orgullosa, manipuladora, rencorosa, vana y superficial, amiga de cotilleos y de rumores, egoísta y con una religiosidad formalista y vacía que ni me transformaba ni llenaba mi corazón; allí tenía una vida y una fe de cumplimiento… Pero todo esto ya lo sabes tú.

También eras, y eres, sensible y cariñosa, inclinada a compadecerte de los que sufren y a perdonar sin dobleces. Yo te conozco y no diría que eres vana y superficial, al contrario, tu amor a Dios y el Reino me llena muchas veces de admiración.

Pero todo eso lo has conseguido tú, sin que yo sepa muy bien cómo. No quiero adularte, pero tus enseñanzas nos desnudan sin que sintamos vergüenza, y, sobre todo tu presencia nos hace más buenos, distintos. En ti el Padre nos ha dado un don.

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