La fecha de formación de esta antigua vía nazarena no está del todo claro, aunque debió ser muy poco después de construirse las primeras casas a lo largo de la conocida calle Real. Lo que sí está claro es que se asentó en parte del antiguo camino real que conducía a la vecina Alcalá de Guadaíra.

Desde su aparición, siempre fue una calle de tránsito, poco poblada, con apenas edificaciones, siendo la más destacada la casa de don Luis Díaz de Toledo, escribano mayor de rentas del Arzobispado de Sevilla e importante personaje de la Sevilla del XVI, cuyos descendientes obtendrían el marquesado de la Mina.

Y así continuaría en los siglos posteriores, razón por la cual, las autoridades locales apenas le prestaron atención. En el conocido Catastro de Ensenada (1761), por ejemplo, se menciona el sitio de Las Morerillas, pero nada se dice sobre la calle en sí, que tenía en esas fechas la consideración de un simple callejón. Lindando con él estaría la histórica hacienda de la Mina Chica, donde residiría la escritora Fernán Caballero durante una temporada.

Tampoco los distintos padrones parroquiales que se confeccionaron en las últimas décadas del siglo XIX recogieron en sus páginas a esta vía nazarena, por el simple hecho de ser una mera calle de paso, obligado, eso sí, entre la plaza pública de la villa y el concurrido caminillo Real, que discurría paralelamente a las calles Real de Sevilla y de Utrera. Tampoco la registró el padrón de vecinos de 1888 por las mismas razones.

Una enigmática ermita
Muy cerca de esta calle se alzó en las primeras décadas del siglo XVIII una ermita dedicada a Nuestra Señora del Rosario, imagen de gran devoción popular hasta bien entrada la centuria pasada. Este poco conocido templo nazareno tendría una vida efímera, pues en 1728 se vendieron buena parte de los materiales procedentes de su derribo, ordenado por el arzobispo de Sevilla durante su visita pastoral efectuada unos años antes.

La situación pareció cambiar en el siglo XX. Es entonces cuando se comienza a prestar un mayor interés por ella. Así, en la sesión celebrada por los capitulares el 8 de mayo de 1901, se leyó un escrito presentado por Lamarque de Novoa, “ilustre huésped y bienhechor del pueblo”, en el que se ponía de manifiesto el mal estado que presentaba para el tránsito de carruajes y peatones el “callejón que partiendo de la plaza de Alfonso XII termina en el camino Real a la salida de la población”. Los concejales acordaron “que inmediatamente se proceda a la reparación, según convenga, facultando al efecto al maestro alarife titular don Francisco Hidalgo Oliva”. Y dos años más tarde, fue de las calles agraciadas con el alumbrado eléctrico.

En esos momentos seguía siendo una calle terriza, como todas las de la población, pero en la sesión de 8 de junio de 1927, el consistorio ordenó su adoquinado. Dicha orden se enmarcaba en el proyecto modernizador emprendido por el entonces alcalde de la villa, Joaquín Varo Jiménez (y que continuaría su sucesor, el médico Manuel Andrés Traver), con el propósito de mejorar la imagen de Dos-Hermanas, ante la inminente celebración de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929).

En las décadas siguientes, esta vía conservó su carácter de calle de paso, aunque se abrieron negocios que le dieron más dinamismo, como fue el caso del almacén de aceitunas de los hermanos Delgado de Cos, ubicado frente a la antigua hacienda de la Mina Chica, que también albergaba un almacén de aceitunas.

Finalmente, en la segunda mitad del siglo XX (especialmente en el último tercio), se dio por parte de las autoridades de la villa un mayor interés por la mejora de esta calle tan céntrica, que sirve de acceso a la principal plaza del municipio.

¿Qué nombres tuvo?

Cuando esta calle nació, no tenía nombre oficial. Simplemente era conocida como calle del Rey, como el resto de vías del entonces lugar de Dos-Hermanas, que carecían de denominación. Y así continuaría hasta que en la primera mitad del XIX comenzó a ser conocida como el callejón del cementerio viejo, por hallarse en ella la entrada principal al camposanto de la parroquia de Santa María Magdalena, del que ya hablamos en otra ocasión.

No será hasta noviembre de 1906, siendo alcalde Francisco Valera García, cuando el concejal republicano Joaquín García Ruiz presentó una moción en la que propuso ponerle a esta calle el nombre de Riego, en honor del militar Rafael del Riego (1784-1823), que encabezó en Las Cabezas de San Juan el famoso pronunciamiento que inauguró el Trienio Liberal. Decía aquel concejal que “aunque esta vía no tiene vecindario, en algunas ocasiones precisa hacer mérito de ella y hay que apelar a descripciones de situación para conocerla”.

La propuesta fue aprobada por los capitulares, pero aquella denominación duró poco tiempo, pues en 1907, fuera ya de la alcaldía Valera, se decidió imponerle el nombre de Las Morerillas, como era conocida aquella zona desde el siglo XVIII, debido a las pequeñas moreras que crecían allí. Sin embargo, en marzo de 1928, vuelve a haber un cambio en el nomenclátor y pasa a llamarse Marqués de Valdeíñigo, que por aquel entonces era delegado de Hacienda en Sevilla.

A partir de esa fecha, esta céntrica calle nazarena sufrirá los continuos vaivenes del consistorio, cambiando de denominación en numerosas ocasiones: Fernando Lozano (1931-1934), General Batet (1934-1937), de nuevo Marqués de Valdeíñigo (1937-1967), Tirso de Molina (1967-1968), Sargento Provisional (1968-1979). Finalmente, el primer ayuntamiento democrático decidió en 1979 devolverle la denominación tradicional de esta vía, imponiéndosele Las Morerillas, nombre que aún conserva.

¿Sabías que… ? La imposición a esta calle del nombre de Riego trajo consigo una agria polémica, pues el sector tradicionalista del consistorio nazareno lo interpretó como una ofensa. Que una de las calles que lindaba con la parroquia llevara el nombre del general más representativo del liberalismo español, defensor de las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos, era cuanto menos un insulto y un agravio. De este modo, cuando en 1907 volvieron los tradicionalistas a la alcaldía, se procedió a la retirada de tal denominación. En la sesión de 14 de septiembre de aquel año, a propuesta del concejal tradicionalista Alonso Caro Barbero se acordó hacer desaparecer el nombre de Riego de ese callejón “obedeciendo su colocación sólo al deseo de herir los sentimientos religiosos por estar frente de la iglesia”. De esta manera, concluyó la polémica.

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