La capilla del Sagrario guarda entre sus muros numerosas obras de arte dignas de ser mencionadas. De todas ellas destacaremos las siguientes.

En el muro del Evangelio se abre la artística hornacina de San Fernando, ejecutada en 1950 por Manuel Cerquera. En ella se venera la imagen de San Fernando, realizada en 1895 por el escultor valenciano Vicente Tena Fuster y donada a la hermandad de Valme ese mismo año por José Lamarque de Novoa.

Don Francisco Domínguez de Rivas mandó realizar en 1709 esta lápida ejecutada en jaspe blanco, llevando la siguiente inscripción: “Deo Optimo Maximo Sacrum. / Esta sepultura es de don Alonso / de Rivas y de Doña Mariana de San Juan, / su mujer, y de Don Francisco de Rivas, su hijo, / y de Doña Juana de Rivas, su mujer, / el qual mandó poner esta / losa para sí y sus hijos, herederos / y sucesores. / Año 1709. / Requiescant In Pace Aeternum”. En la lápida aparece en el centro el escudo de armas de los Rivas nazarenos, orlado, situado sobre una cruz de Calatrava y al timbre un yelmo con cinco plumas mirando hacia la izquierda, símbolo de la condición hidalga antigua de este linaje.

En la parte inferior, encontramos otro yelmo con guanteletes y ciertos atributos marciales como coraza, lanzas y tambores, que recuerdan el pasado guerrero de la propia familia, pues no olvidemos que parientes de los Rivas de Dos-Hermanas participaron, por ejemplo, en la guerra de las Alpujarras (1568-1571). Allí están enterrados, entre otros, veinte miembros de esta hidalga familia.

Preside la capilla un magnífico retablo barroco, ejecutado en madera de pino de Flandes dorado, y mandado realizar a principios de 1719 por don Francisco Domínguez de Rivas. Sigue siendo un verdadero enigma la autoría de este retablo, aunque se le ha atribuido al círculo de José Maestre y Tomás González Guisado. Sí se conocen, en cambio, los nombres de los doradores, pues se conserva entre los protocolos notariales nazarenos la escritura de obligación que el 28 de diciembre de 1719 otorgaron Diego Sánchez Pizarro, maestro dorador y vecino de Sevilla en la collación del Salvador, y su hermano Pedro de Mora Pizarro, vecino de Alcalá de Guadaíra.

Mediante esa escritura notarial los dos hermanos se comprometieron a dorar el retablo que Domínguez de Rivas tenía en la capilla nueva que había mandado edificar para que sirviera de Sagrario en la parroquia de Santa María Magdalena. Para 1720 el retablo estaba concluido. El retablo mayor de esta capilla ha sido restaurado en dos ocasiones. La primera fue en 1855 y la segunda en 1950, en el contexto de la reforma de la capilla, siendo ejecutada por Manuel Cerquera Becerra.

En 1950, el prestigioso pintor manchego Braulio Ruiz Sánchez (1911-1967) realizó los frescos que decoran el interior de la capilla. Todos son pinturas ejecutadas al fresco sobre mortero de mampostería. En el muro del Evangelio, se halla ‘San Fernando orando ante la Virgen de Valme’, y muestra el momento en el que el Santo rey castellano está orando ante la imagen de Nuestra Señora de Valme en el interior de su tienda campaña. San Fernando aparece representado siguiendo el modelo de la imagen ejecutada por Vicente Tena.

En el muro del lado de la Epístola, se hallan ‘Las postrimerías de San Fernando’, y representa los últimos momentos de la vida del monarca. Para su realización, el pintor manchego se inspiró en el cuadro de la misma temática, obra de Virgilio Mattoni, conservado en los Reales Alcázares de Sevilla. En la bóveda vemos la ‘Alegoría de la Eucaristía’, verdadera exaltación eucarística (en consonancia con el recinto). Las imágenes de los Cuatro Evangelistas (San Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan) decoran las pechinas que sostienen la bóveda de la capilla.

Entre las imágenes que reciben culto en este recinto, la más destacada tanto por su mérito artístico como por su gran valor devocional, es, sin duda alguna, la de Nuestra Señora de Valme, la ‘joya’ de la parroquia de Santa María Magdalena. Se trata de una talla anónima, de bulto redondo y estilo gótico, datada, según algunos estudios, en el segundo tercio del siglo XIII, siendo una de las muchas imágenes fernandinas existentes en el Arzobispado de Sevilla.

Realizada en madera policromada y estofada, representa a la Virgen María en majestad, como trono de Dios, sosteniendo al Niño Jesús en su rodilla izquierda, mientras en su mano derecha sostiene una flor. Con el fin de dotar a la talla de una mayor naturalidad y realismo, desde mediados del siglo XVII hasta los años finales del XIX, la Virgen de Valme estuvo en candelero. Pero en 1894, y a iniciativa de José Lamarque de Novoa, se procedió a la restauración de la imagen, al tiempo que se decidió devolver a la talla a su estado original. Los trabajos fueron encomendados al joven escultor sevillano Adolfo López Rodríguez, bajo la dirección del pintor Virgilio Mattoni, amigo personal de Lamarque. En 2014, se acometió la restauración de la talla en las dependencias del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

 

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