MANDY

Ocho años ha tardado Panos Cosmatos en dirigir su segunda película, esta extraña, onírica y desquiciada Mandy, que dividió a la crítica en Sundance y que le hizo ganar el premio al mejor director en el reciente Festival de Sitges que ganó Climax.

El resultado es difícil de definir. Si bien el argumento es sencillo y hasta poco original (un descenso a los infiernos en busca de venganza), es en el apartado visual y estético donde la película brilla. Con un magnífico uso de la ambientación y del color, y unos planos bellos y sombríos, obra de Benjamin Loeb, y de una banda sonora que puntúa y acompaña a la perfección en todo momento (último trabajo de Jóhan Jóhansson antes de su repentina muerte), Mandy se disfruta o se odia.

Red Miller (Cage) es un leñador que vive aislado del mundo en el bosque junto a su mujer, Mandy Bloom (Riseborough). Ella es espiritual, lee, dibuja, pasea por la naturaleza… Él, más terrenal, adora todo cuanto ella hace o dice. Viven felices, entregados el uno al otro, hasta que el líder de una secta satánica que tras cruzarse accidentalmente con Mandy, se obsesiona con ella, y ordena a sus secuaces raptarla. Decidido a vengarse, Red se lanza a la locura de perseguir a esta panda de salvajes con todas las consecuencias que ello atraiga.

Estados Unidos-Bélgica-Reino Unido, 2018 (121′)
Dirección: Panos Cosmatos.
Producción: Nate Bolotin, Martin Metz, Daniel Noah, Adrian Politowski, Josh C. Walker, Elijah Wood.
Guión: Panos Cosmatos, Aaron Stewart-Ahn.
Fotografía: Benjamin Loeb.
Música: Jóhan Jóhansson.
Montaje: Bret W. Bachman.
Intérpretes: Nicolas Cage (Red Miller), Andrea Riseborough (Mandy Bloom), Linus Roache (Jeremiah Sand), Ned Dennehy (Hermano Swan), Olwen Fouéré (Madre Marlene), Richard Brake (El Químico), Bill Duke (Caruthers), Line Pillet (Hermana Lucy), Clément Baronnet (Hermano Klopek), Alexis Julemont (Hermano Hanker), Stephan Fraser (Hermano Lewis).

Cosmatos divide la película en dos partes. La primera hora es más contemplativa, onírica, poética incluso. Con largos planos fijos retratando la serena tranquilidad de la pareja en la cama, vemos cómo se susurran, cómo se miran, somos cómplices de ese amor sincero y puro. Es en la segunda parte, cuando ese líder siniestro (y un poco ridículo también) muestra aviesas intenciones hacia Mandy, cuando Red deja salir toda la ira que lleva en su interior, esa sed de venganza. Y la película se convierte en otra cosa, en una orgía de sangre.

Pasamos así de una belleza (per)turbadora, de esa primera parte que se desarrolla de modo tranquilo y efectivo, a una segunda que funciona únicamente por acumulación, donde cada vez más se entra en el delirio y se alcanza el paroxismo. Cada vez más, cada vez más, hasta agotar, hasta resultar tan exagerada que termina aburriendo.

Los personajes (todos) están conscientemente sobreactuados (todos, menos Mandy, claro); y Nicolas Cage, una vez más autoparódico (como ya vimos en Mom and dad) se lleva la palma. Esa mueca mirando a cámara del final no tiene precio.

Hay elementos de cine de terror, mucha sangre, sectas mesiánicas, adrenalina, humor muy negro, una tonalidad rojiza infernal -incluso en exteriores- en momentos señalados; hay elementos de romance, de vida hogareña; y hay también cierto tono de crítica social, que queda difuminada por los excesos. Que es a lo que veníamos, sí, es verdad, pero también que Cosmatos se pasa de vuelta.

Más críticas en happyphantomblog.wordpress.com.

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