Marcos 12,38-44

“Para conocer a Manolillo, dale un carguillo” dice nuestro refranero haciendo burla de los que al asumir alguna responsabilidad o recibir honores de cargo se creen por encima de los demás, se aprovechan de su posición y la usan ventajistamente.

Por el contrario, mientras más valía personal, con más sencillez puede mostrarse y más humildemente asume los elogios. En todas las instituciones, en todos los grupos humanos se da esto: desde la empresa en la que trabajas, hasta la parroquia en la que colaboras; en las asociaciones de vecinos y en los cargos de la administración pública.

Cuanto más valioso sea lo que asumes, más necesario es que lo acojas con humildad y honestidad. Si han depositado en ti la responsabilidad de ser de alguna manera representante de la Iglesia y el Evangelio, ten sumo cuidado con mostrarte áspero, exigente o intolerante con quien contigo se relaciona; estarías denigrando aquello que representas.

Si te han confiado la administración de bienes materiales, sé escrupulosamente honesto y diligente: el encargo de lo público ya es un honor grande para que renuncies a un enriquecimiento ilícito.

Sin embargo, esto que decimos no es lo común. La ineficacia por corrupción y por clientelismo partidario es uno de los mayores males de nuestra sociedad. Ya lo dice Jesús en el Evangelio: hay quien bajo capa de “igualdad”, “progreso”, “cooperación” o “apoyo a la diversidad”, se lleva tres veces más de lo que debiera (por no decir 30).

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