Recientemente, nuestro vecino don Ángel Arias ha cumplido los cien años de edad. Cien años dan para mucho. Innumerables son los recuerdos, las anécdotas, los hechos… Y don Ángel los ha ido atesorando, y los ha contado con sumo detalle, dando muestras de tener todavía, por fortuna, una prodigiosa memoria. Desde esta página, queremos dar a conocer, aunque sea de manera breve, su dilatada e interesante vida, al tiempo que le hacemos un merecido homenaje. Porque cien años no se cumplen todos los días…

Nuestro protagonista, Ángel Arias Mijares, nació el 2 de octubre de 1918, en un pequeño pueblo de la provincia de Ávila llamado Arenas de San Pedro, que en aquellas fechas apenas llegaba a los 4.000 habitantes. Sus padres fueron Venancio Arias Vázquez y María Mijares Navarro. Ya siendo niño dio muestras de tener talento. No en vano, según cuenta él mismo, pasó su infancia haciendo casitas de barro y piedra, con depósitos de agua e, incluso, con sistemas de poleas para abrir puertas. Pero también hubo tiempo para jugar con sus amigos en las calles al balón o a saltar a la piola. Y gracias a aquel talento que demostró, a punto estuvo, a los 13 años, de ingresar en los franciscanos, para que pudiera llevar a cabo sus estudios. Sin embargo, por su edad, no pudo hacerlo.

Su estancia en Arenas de San Pedro transcurrió, más o menos, plácidamente, entrando a trabajar, ya siendo adolescente, en un taller de mecánica, donde ganó la no despreciable cantidad de tres duros de plata en un año entero. Sin embargo, la situación cambió cuando en 1936 estalló la Guerra Civil. En septiembre de aquel año, las tropas del comandante sublevado José Monasterio Ituarte tomaron Arenas de San Pedro, y nuestro biografiado abandonó el pueblo, marchando a Ávila y, después, a Madrid. En la capital de España, estuvo luchando en el frente. De ese episodio de su vida aún recuerda, con cierto disgusto, a un sargento, pues lo ponía todos los días en lista para ir al frente. Fueron unos momentos muy duros y amargos, en los que también estuvo trabajando en una mina. Sin embargo, solicitó un permiso que le fue concedido, ausentándose seis meses de la guerra, momento en el que comenzó a trabajar para unos empresarios italianos, arreglándoles sus coches.

Pero pronto sería contratado por el comandante y jefe de colonias Tomás Valiente García, para que fuera su chófer, puesto que ocupó nuestro biografiado durante cerca de treinta años. Con él recorrería Galicia, Madrid, Cádiz, y, cuando Valiente fue nombrado encargado de la colonia penitenciaria de La Corchuela, recaló, finalmente, en Dos-Hermanas, donde terminó estableciendo su domicilio. Con Valiente García tuvo nuestro biografiado una relación muy cordial.

Don Ángel tuvo dos novias antes de conocer a la que sería su esposa. La primera de ellas, durante su etapa en Madrid, era natural del Ferrol y residía en el n.º 23 de la madrileña calle Gastamides. Hacía botones y bordados y por las tardes los repartían juntos por las calles de la capital. Rompieron cuando nuestro biografiado marchó a Sevilla. Su segunda novia fue una nazarena, de nombre Herminia, que vivía en la calle Santa María Magdalena y trabajaba en una peluquería. Pero la relación no prosperó. En 1946, conoció a Dolores Fortes Ramírez Arias, una simpática gaditana, con quien tendría un noviazgo de cuatro años. Finalmente, contrajeron matrimonio en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Sevilla en 1950, pasando la luna de miel en la ciudad de Granada, muy cerca de la Alhambra, en una casa propiedad de un tío de la novia. De esta unión hubo cinco hijos: José Ángel, que estudiaría electricidad y mecánica, montando su propio taller en Dos-Hermanas; Fernando, que estudió maestría y ejerció de constructor; Dolores, conserje en el IES Virgen de Valme de nuestra ciudad; Eloísa, que estudió Medicina, desempeñando su profesión en Huelva, donde reside; y Lourdes, abogada. Además, el matrimonio se encargó de la educación y crianza de José Antonio Fortes Sánchez, cuando éste quedó huérfano de padre (hermano de Dolores Fortes).

Nuestro biografiado, tras los años de trabajo con don Tomás, pasó a ser chófer de doña Catalina Domínguez Pérez de Vargas, distinguida dama sevillana, marquesa de Rende y condesa de Gálvez, y, más tarde, de doña María Fernández Maestre. Asimismo, compaginó su oficio con una empresa denominada RAF (Ramírez, Arias y Fernández), que constituyó con Prudencio Fernández Noriega (también chófer en las colonias) y Cristóbal Ramírez Tapias. Tras su jubilación, llevó una vida tranquila, disfrutando de sus nietos en verano en su chalé ubicado al pie de la actual avenida de la Libertad, junto a la terraza de Las Copas. Vida tranquila, pero a la vez activa, pues iba todos los días al taller de su hijo José Ángel y condujo su coche hasta cerca de los 90 años.

La vida de don Ángel merece mucho más que estas pocas líneas. Valgan éstas como merecido homenaje a este nazareno de adopción con alma y carácter castellanos, que ha sido testigo del crecimiento de nuestra ciudad en los últimos años.

¿Sabías que…?
Existe junto al retablo mayor de la capilla de Santa Ana una pequeña vitrina que recoge algunos exvotos, ofrecidos por los nazarenos a la Patrona a lo largo de los siglos. Son éstos lo único que queda de aquellos incontables exvotos que Fernán Caballero mencionó en su novela La Familia de Alvareda: “[…] A los lados del altar se veían suspendidos gran cantidad de Ex-votos. Llamaron la atención de Marcela siete pequeñas piernas de plata, que colgaban unidas por una cinta y un moño de color de rosa”. Aún hoy se pueden ver algunas de esas piernas de plata en la referida vitrina.

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