Marcos 10,46-52

LOS POBRES en el Evangelio tienen nombre propio: Bartimeo, el hijo de Timeo; Simón de Cirene; Lázaro; y si no tienen nombre propio se les llama, como siempre se ha hecho con familiaridad en los pueblos, con el nombre de la aldea de origen, el de Gerasa, la de Naín, la de Samaría, la de Magdala. Los pobres tienen nombre propio porque Dios nos mira a cada uno personalmente, con nuestra historia y nuestras limitaciones, con nuestras posibilidades y nuestros sueños, porque respeta nuestra intimidad y nuestros anhelos.

¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús a Bartimeo, el ciego que lo llamaba desde el margen del camino. Y con esa simple pregunta le devuelve lo que otros le estaban quitando: la capacidad de hablar, de quejarse, de gritar impulsado por la esperanza ante la situación de parálisis y de esclavitud a la que la enfermedad lo tenía sometido. ¿Qué quieres que haga por ti?

El pueblo de Israel, en tiempos de Moisés, respondió a esta pregunta queriendo salir de la tierra de esclavitud y opresión que significaba Egipto. Querían vivir en una tierra nueva, libre de opresores y de idolatría. Hoy los pobres del mundo, en vez de querer crear un mundo nuevo, libre de la manipulación y el consumismo que nos despersonaliza, libre de las prisas y de la frialdad de corazón que nos enajena, quieren integrarse en este mundo, tan inmundo a veces. Desde América, África y Medio Oriente vienen huyendo de las consecuencias más oscuras que excreta nuestra civilización. En vez de querer ver con ojos nuevos buscamos vivir confortablemente en la ceguera. Esto me deja perplejo.

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