COLD WAR

El polaco Pawel Pawlikowski consiguió llamar la atención de la crítica mundial con su anterior obra, aquella Ida que recibió alabanzas y premios por allá por donde se proyectó, y que incluso ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Ahora, con esta Cold war, repite modos, estilismos, época, y (casi) equipo técnico para contarnos una apasionada historia de amor imposible que también ha conquistado a la crítica, a pesar de que no llega al nivel de su mayor éxito hasta la fecha.

Polonia-Francia-Reino Unido, 2018 (88′)
Título original: Zimna wojna.
Dirección: Pawel Pawlikowski.
Producción: Ewa Puszczynska, Tanya Seghatchian.
Guión: Pawel Pawlikownski, Janusz Glowacki.
Fotografía: Lukasz Zal.
Montaje: Jaroslaw Kamisnki.
Intérpretes: Joanna Kulig (Zula), Tomasz Kot (Wiktor), Borys Szyc (Kaczmarek), Agata Kulesza (Irena), Cédric Kahn (Michel), Jeanne Balibar (Juliette), Adam Woronowicz (Consul), Adam Ferency (Ministro).

Poco después de que terminara la II Guerra Mundial, cuando las heridas del horror nazi aún no han abandonado al pueblo polaco, las nuevas autoridades comunistas deciden montar una coral que interpretará canciones del folcklore local que sirva para dar esperanzas al pueblo y levantar el ánimo a los más desfavorecidos del país (primero) y del resto del bloque oriental (después). Así, dos miembros del grupo, de carácteres enfrentados iniciarán una relación condenada al fracaso, que llevará a los protagonistas a escapar a Occidente en busca de la libertad. A lo largo de los años, el destino les empujará a encontrarse, aunque ello sea su perdición.

Esta Cold War, que podría formar parte de un mismo total junto a Ida, está rodada en un hermoso y poderoso blanco y negro, con un formato casi televisivo. Tiene momentos hipnóticos, de extrema belleza, numerosos números musicales (algunos brillantes), y en la mayoría de escenas importa más lo que no se ve, lo que no se cuenta, que lo que Pawlikowski decide mostrar, con numerosos saltos en el tiempo e interrupciones abruptas de la acción.

Pero, a pesar de ese poderío visual, del magnetismo de Joanna Kulig, de lo maravillosas que son (algunas de) las canciones, Cold War no llega al nivel de Ida. Entre otras cosas porque algunos personajes no terminan de estar bien perfilados; porque esa estructura construida en la interrupción hace que no termine de ser comprensible todo lo que quiere contar; y porque el final resulta absolutamente previsible, y no es tan intensa como pretende ser.

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