(Marcos 10,17-30) Cuando tenemos sed de agua, buscamos dónde beber. Cuando sentimos hambre de alimentos, buscamos qué comer. Incluso cuando sentimos la sed honda de ser amados y acariciados por alguien, buscamos con nuestros ojos otros ojos que nos estén mirando. Pero cuando la sed no tiene nombre, no sabemos dónde ir para saciarla.

Todos sentimos, a veces, esa sed sin nombre ni destino. Cuando los ruidos cesan en nuestra vida, cuando la insatisfacción nos hace entrar en el cuarto de nuestra soledad, nos percatamos de que la inquietud que sentíamos, sin ser conscientes del todo, es esa sed de sentido, esa llamada, que nos hace ser.

En el evangelio, un hombre se acercó a Jesús y le preguntó qué hacer para heredar la vida eterna. Cumplía los mandamientos de Moisés desde su juventud; ¿a qué venía esa pregunta?, ¿por qué sentía esa inseguridad? Simplemente se hizo consciente de la sed sin nombre que habita en todos nosotros y que nos abre a la inmensidad en la que anhelamos vivir en plenitud.

La sed sin nombre nos remite siempre a rostros concretos con los que compartir nuestra vida. En la contradicción que somos, el Innombrable nos devuelve a los nombres cotidianos y concretos, a los rostros sencillos y sufrientes de quienes nos rodean. Nos devuelve a los nombres de Palmira, de Kevin o Fátima; de Carmen, de Samuel o de Sandra. Nos devuelve a sus rostros y a sus vidas con la inquietud de entregarnos sin reservas, buscando sólo su bien; renunciando a lo que ya no tiene valor porque hemos encontrado ya la fuente que aquella sed calma.

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