Marcos 10,2-16

DICEN ALGUNOS historiadores de la filosofía que el espíritu de la Ilustración, del siglo de las luces, se sintetiza en la proclama hecha por Kant: «sapere aude», es decir, «atrévete a saber». Y es que lo que nos hace verdaderamente personas ha de ser acogido en un acto de valentía personal que cambia nuestra vida, que nos hace superar nuestro pasado para mirar al horizonte de nuestro futuro con ojos de esperanza.

El grito que necesitamos en nuestro tiempo es: «amare aude», «atrévete a amar». Y lo necesitamos porque estamos faltos de acoger con valentía el amor al que somos llamados.

El amor humano puede tener muchas expresiones en nuestra vida: la amistad, la ayuda solidaria, el ecologismo, la lucha por la justicia… pero el amor por excelencia es el amor de pareja, el amor que hacen que un muchacho y una muchacha asuman el riesgo de amarse sin reservas, sin preservativos, de amarse abiertos a la fecundidad de la aventura de una familia, de un amor en horizonte de eternidad -«en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte nos separe»-.

Hoy ese amor valiente de pareja está en crisis. Las relaciones suelen ser «mientras dure y nos convenga» a cada una de las partes por separado. Poca valentía hay en ese amor. No es que esté mal, no quiero decir eso; pero estar con alguien mientras me conviene y me satisface, no parece que tenga demasiado mérito, perdonadme. Nos hacen falta jóvenes que sean audaces en su amor, que sean valientes para compartir vida y dar vida.

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