Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo

Los esclavos jugaron un papel muy importante en la sociedad sevillana de la Edad Moderna. De hecho, constituían un grupo especialmente numeroso en la capital hispalense (según parece, en 1565 existían 6.327 esclavos, lo que suponía el 7% de la población). Dos causas determinaban la esclavitud en esas fechas pasadas: la guerra (muchos esclavos fueron obtenidos tras la rebelión de las Alpujarras y en los conflictos bélicos desarrollados en el norte de África) y el nacimiento (ser hijo de esclavos).

Podían ser negros, moriscos, mulatos o, en menor número, blancos. Asimismo, se dedicaban al servicio doméstico en las casas-palacios de los miembros de la aristocracia y del alto clero. Pero también los vemos en los talleres de artesanos. En cualquier caso, el trabajo del esclavo no solía ser excesivamente duro, pues el poseerlo se veía más como un signo de prestigio y distinción, que como una necesidad real de contar con una mano de obra barata.

Por otra parte, eran tratados como un bien mueble más, por lo que en los protocolos históricos notariales de los siglos XVI y XVII encontraremos numerosas escrituras de venta de esclavos.

Dos-Hermanas no estuvo ajena a la costumbre de tener un esclavo al frente del servicio doméstico. Por las calles de la población era frecuente verlos deambular, bien acompañando a sus dueños o amos, bien atentos a las tareas que se les encomendaba. El primer esclavo que vivió en Dos-Hermanas del que tenemos constancia documental se llamaba Juan. Residía en nuestra localidad en 1544, siendo de raza negra y propiedad de don Juan Bautista de Grimaldo, rico comerciante sevillano con muchas fincas aquí.

Contaban las crónicas de la época que los esclavos negros eran los más apreciados, debido a su carácter dócil y alegre. Sin embargo, este Juan causó serios problemas a Grimaldo, pues, entre otras cosas le robó. Dos años más tarde, en diciembre de 1546, un destacado nazareno, Pedro Martín Peñafiel, vendió al vecino de Alcalá de Guadaíra Alonso Salvador dos esclavos llamados Juan y Catalina por la cifra de 30.000 maravedíes.
Otra dueña de esclavos era la esposa de Juan Bautista de Grimaldo, Leonor de la Paz. Esta dama sevillana, antes de contraer matrimonio tenía un esclavo, llamado Sebastián, de color blanco e hijo de Francisco Sánchez y de Catalina Hernández. Pues bien, esta última llegó a un acuerdo con Leonor de la Paz, mediante el cual, si pagaba veinte ducados el niño quedaría libre.

Con gran esfuerzo consiguió reunir la cifra acordada, consiguiendo el pequeño Sebastián la ansiada libertad en 1553. Un año más tarde, Bartolomé Espinosa, dueño de uno de los pocos mesones que existían en Dos-Hermanas, compró por setenta y cuatro ducados al utrerano Diego de Almonte, un esclavo de unos quince años y de color atezado (esto es, moreno), llamado Juan, para que le ayudara en las tareas del referido mesón.

También se dieron casos de esclavos rebeldes. Así, en 1554 el canónigo Diego Godo Mexía dio poder al nazareno Alonso Domínguez y a Pedro Mexía para que en su nombre fueran a la villa de Cartaya, donde se encontraba preso un esclavo mulato suyo llamado Baltasar, y pidiesen a las Justicias de aquella población que le devolviesen a su esclavo, pagando, eso sí, los gastos de la prisión. Pero el comportamiento de Baltasar no mejoró, por lo que dos años más tarde fue enviado para que sirviese como remero en las galeras del Mediterráneo.

Pero no todos fueron conflictivos. También encontramos otros que, por sus buenos servicios, consiguieron la ansiada carta de libertad. Por poner un ejemplo, en febrero de 1557, Jerónimo de Molina, vecino de Sevilla y morador en Dos-Hermanas, manifestó ante el escribano público nazareno que tenía por esclavo a Juan Martín, de color blanco, desde hacía muchos años y “en el dicho tiempo que avéis sido mi esclavo me avéis hecho muchos y muy buenos y leales servicios de que yo de vos estoy muy contento y satisfecho por ende por esta presente carta, atento a los buenos servicios que me avéis fecho […] otorgo e conozco que vos ahorro y liberto e vos saco de la sujeción y servidumbre y cautiverio en que estávades e a que me érades obligado por razón de ser vos mi esclavo”. A esta carta de libertad se le denominaba carta de ahorría, por aquella expresión de “ahorro y liberto” que hemos visto.

El clero nazareno también tuvo esclavos. Así, por ejemplo, el beneficiado de la parroquia Francisco Hernández Pardo compró en octubre de 1609 un esclavo negro, mellado de un diente, y de 28 años, llamado Alonso por 105 ducados. Tuvo otro, llamado Lucas, “de color membrillo cozido”, según se reseña en la escritura notarial de venta que otorgó el beneficiado en 1624. Curiosamente, en ese mismo documento se decía que no era “ladrón, borracho ni huidor ni endemoniado”.

Todavía en el siglo XVIII vemos esclavos en Dos-Hermanas. Así, el hidalgo Francisco Domínguez de Rivas tuvo un esclavo, llamado Salvador de la Cruz, que recibió la libertad a la muerte de su amo en 1733.
A partir de esa fecha, fue decayendo la costumbre de tener esclavos, desapareciendo casi completamente a finales del XVIII.

Foto del mes

Iniciamos una nueva temporada de esta sección con la presente fotografía, publicada por vez primera en la Revista de Feria de 1926. La instantánea muestra el estado que presentaba la principal plaza de la localidad: la plaza de Alfonso XII, hoy llamada de la Constitución. En esa fecha tenía una disposición este-oeste, totalmente distinta a la actual norte-sur. Hemos señalado con un número los principales edificios y elementos que aparecen y podemos apreciar.

A la izquierda, vemos la sencilla fachada de la desaparecida hacienda del Estudiante 1; junto a ella estaba la casa de socorro, primera que abrió sus puertas en Dos-Hermanas y activa entre 1902 y 1937. Ocupaba el solar del antiguo matadero municipal 2; Las dos palmeras que distinguimos, fueron plantadas a principios del siglo XX y donadas por un particular. Por cierto, la fundición sevillana Pérez Hermanos fue la encargada de realizar, en 1900, los bancos que aparecen en la fotografía 3.

En este lugar debía alzarse la casa consistorial. Sin embargo, no se aprecia. La razón es bien sencilla: en ese año se estaba construyendo (a iniciativa del alcalde Joaquín Varo) el nuevo edificio, cuyas obras concluyeron en 1927. El resultado fue una bella obra regionalista, cuya fachada principal fue sustituida por otra de Juan Talavera tras la Guerra Civil 4.

Al fondo se encuentra la conocida fonda de Campo, una de las mejores pensiones que había en el municipio en esos años 5,
Por último, en este lugar que marcamos se colocó, en 1902, un artístico candelabro de forja, con cinco brazos, realizado en los talleres de la prestigiosa fundición de San Antonio de la capital hispalense. Fue adquirida por 486,10 pesetas a instancias de Jesús de Grimarest, con la intención de embellecer la plaza, aunque tuvo una vida un tanto efímera. En la fotografía aún se puede observar el pedestal del candelabro, realizado por el maestro alarife de la villa Francisco Hidalgo Oliva 6.

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