LAS DISTANCIAS

Del mismo modo que el roce hace el cariño, como dicen, también es cierto que la lejanía, la separación que se alarga en el tiempo, puede provocar la ruptura, el enfriamiento de una relación. Que se apague la chispa. Esta es la idea que subyace bajo la trama (mucho más compleja, obvia decirlo) de la película con la que Elena Trapé vuelve a la dirección de ficción ocho años después de Blog.

Las distancias, película que arrasó en el último Festival de Cine Español de Málaga, donde se llevó los premios a mejor película, mejor dirección y mejor actriz (una fantástica Alexandra Jiménez), es un muy interesante retrato generacional de los primeros milennials, unos jóvenes que se topan con que la realidad de ser adulto no es la maravilla que se habían imaginado cuando eran jóvenes.

Olivia, Guille, Eloy y Anna son un grupo de amigos de la universidad que viaja a Berlín para visitar por sorpresa a otro miembro del grupo, Comas, que cumple 35 años. El recibimiento es mucho más frío de lo que esperaban, y Comas pronto desaparece de escena. Durante el fin de semana, aflorarán las contradicciones, la falta de entendimiento, y los amigos se irán distanciando poco a poco, deambulando por la ciudad, cuestionando el sentido de su amistad, y afrontando la decepción de que la realidad no es la que soñaban.

España, 2018 (99′)
Título original : Les distàncies.
Dirección: Elena Trapé.
Producción: Marta Ramírez.
Guión: Josan Hatero, Miguel Ibáñez Monroy, Elena Trapé.
Fotografía: Julián Elizalde.
Montaje: Liana Artigal.
Intérpretes: Alexandra Jiménez (Olivia), Miki Esparbé (Comas), Isak Férriz (Guille), Bruno Sevilla (Eloi), María Ribera (Anna).

Cuando uno es niño hace amigos con facilidad en la escuela. Después, esos amigos se van perdiendo, pero son sustituidos por los de la universidad, más afines en principio. Pero con el paso de los años, uno descubre que los amigos ya no son lo que eran, que cada uno tiene su vida, y que los demás de la pandilla no tienen porqué formar parte de ella. La película habla de ello, de esa ‘crisis de los treinta’, y la película lo refleja a la perfección, con personajes con los que el espectador se puede sentir perfectamente identificado.

Trapé acierta de pleno en el tratamiento de la historia. Aunque al inicio parece que vamos a asistir a una comedia, con un grupo de amigos que conversan sobre el pasado, los buenos años de facultad, pronto descubrimos que el Berlín donde se desarrolla la película no es lo único gris de la historia, y la crudeza, el miedo al vacío, el descubrimiento del abismo del futuro, toman el control para dirigir la trama.

Con una ausencia total de banda sonora (únicamente un par de canciones que suenan en alguna radio cercana), la atención se centra en los personajes, en cómo se relacionan, y en cómo se enfrentan, sin aspavientos, sin estridencias. A pesar de su ritmo pausado, el modo en el que guión y dirección narran la historia, el modo en el que los personajes (el reparto está magnífico), huyendo de clichés, con un tono crudo e intimista, consiguen que sea muy fácil mantener el interés durante todo el metraje.

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