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El proyecto maldito de Terry Gilliam, ese que surgió hace veinticinco años, ese que en varias ocasiones ha puesto en marcha, incluso empezado a rodar, y que otras tantas se ha venido abajo y ha tenido que dejar atrás, ha llegado por fin a ser una realidad.

Después de muchos cambios de guion, de que los actores que en un principio iban a protagonizar la película (John Hurt y Jean Rochefort, a los que está dedicada la película) muriesen por el paso del tiempo, de mil y un problemas y de que surgiesen leyendas negras, el deseo más profundo de Gilliam es una realidad.

El director de cintas tan desquiciadas como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, Brazil, Las aventuras del barón Munchausen, Doce monos, Miedo y asco en Las Vegas… ha demostrado en estas y otras cintas que es habitual visitador de universos paralelos, de mundos imaginarios, por lo que no es nada extraño ese interés por el protagonista de la novela más importante de la historia de la literatura, aunque (después de todo) no haya llevado a cabo una adaptación estrictamente hablando.

España-Bélgica-Portugal-Reino Unido, 2018 (132′)
Título original: The man who killed Don Quixote.
Dirección: Terry Gilliam.
Producción: Mariela Besuievsky, Amy Gillian, Gerardo Herrero, Grégoire Melin.
Guión: Terry Gilliam, Tony Grisoni.
Fotografía: Nicola Pecorini.
Música: Roque Baños.
Montaje: Teresa Font, Lesley Walker.
Intérpretes: Adam Driver (Toby), Jonathan Pryce (Don Quijote), Stellan Skarsgård (El jefe), Olga Kurilenko (Jacqui), Joana Ribeiro (Angélica), Óscar Jaenada (El gitano), Jason Watkins (Rupert), Sergi Lopez (Barbero), Jordi Mollà (Alexei Miiskin), Paloma Bloyd (Melissa), Hovik Keuchkerian (Raúl).

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Toby es un reputado director publicitario que viaja a España para un rodaje con el personaje de Don Quijote como protagonista. Eso le sirve para recordar que diez años atrás, en ese mismo lugar, siendo aún un estudiante, rodó una película sobre el personaje. Decide regresar al mismo pueblo, esperando reencontrarse con los lugareños que entonces hicieron de actores. Pero en su lugar descubre que aquello destrozó muchas vidas, y que el zapatero que hizo tan insigne papel, perdió la cabeza y vive desde entonces creyendo que en realidad es el mismísimo Don Quijote.

El hombre que mató a Don Quijote es Gilliam en estado puro. Una película desquiciada, a veces en exceso, con una estructura de muñecas rusas, con historia dentro de la historia, películas dentro de la misma película y universos distintos dentro de este universo. El humor que tanto le ha distinguido siempre, está presente desde el mismísimo comienzo. Y si bien es cierto que el principio es flojo, que la trama se estanca en algunos momentos, que quizás le sobra metraje, y que Gilliam no sabe bien si él es Quijote o Sancho (o un poco de cada), lo cierto es que el caos desquiciado que está presente durante toda la proyección, cumple con las previsiones. La demencia del personaje, las alucinaciones, los episodios clave de la novela, jalonan una historia en la que brilla, por encima de todo, un descomunal Jonathan Pryce.

No es la película que podía haber sido. O quizás sí. Un proyecto, el de adaptar la novela más importante de la historia, en el que ya se estrelló Orson Welles, y que le ha llevado, como decía, a Gilliam veinticinco años. Pero, con sus salvedades, no decepciona. Teniendo en cuenta que Gilliam es Gilliam. Con todo lo que ello conlleva.

El hombre que mató a Don Quijote

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