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En el rico refranero español existe un dicho popular que reza así: “Ser como el alcalde de Dos-Hermanas, que abolió el Concilio de Trento”, y se aplica a aquellos que abusan de su autoridad sin importarles lo que dicten las leyes vigentes. Pero, ¿cuál es el origen de este dicho (hoy un tanto en desuso) que hace referencia a nuestra ciudad?

Parece ser que detrás de la expresión hay una curiosa anécdota ocurrida durante el llamado Sexenio Revolucionario (1868-1874), período verdaderamente convulso de nuestra Historia (tanto nacional como local). Todas las versiones que se conservan de esta anécdota vienen a coincidir que, en tiempos de la I República, un alcalde de Dos-Hermanas decidió abolir, por su cuenta y riesgo, las disposiciones del Concilio de Trento en nuestra villa. Fue ésta una ‘monterada’ (esto es, decisiones excéntricas tomadas por los llamados ‘alcaldes de monterilla’) más, de las muchas que hubo en Dos-Hermanas a lo largo del siglo XIX.

Y ¿hay algo de verdad en esa anécdota? Uno de los primeros en referir este episodio rocambolesco fue Miguel Morayta (1834-1917), destacado diputado republicano y secretario general del Ministerio de Estado en tiempos de la I República. Dejó recogido en sus escritos a fines del XIX que en 1873 “en el pueblecito de las Dos-Hermanas se constituyó una junta revolucionaria, la cual, en atención a haberse proclamado la República federal, abolió para siempre en aquella villa el Concilio de Trento”.

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Esa junta que menciona Morayta (favorable al cantonalismo) quedó constituida, según parece, a finales de junio de 1873, siguiendo el ejemplo de la creada en la capital hispalense, y vino a sustituir al Ayuntamiento presidido por Francisco Velasco Barrionuevo. De todas formas, pronto quedó disuelta debido, en buena parte, a la falta de apoyo por parte del vecindario, por lo que pronto quedaría restituido el consistorio, con su alcalde Velasco a la cabeza.

Por otra parte, en noviembre de 1890, el diario satírico burgalés El Papa-Moscas publicó un relato donde se explicaba con detalle la anécdota que dio pie al dicho popular: “Así se parecerá nuestro nunca bien encomiado Ayuntamiento a la junta revolucionaria de Dos-Hermanas, poético pueblo asentado en las riberas del caudaloso Guadalquivir. Y como estoy de buen humor y así me peta, voy a referir el sucedido.

1868. Como el alcalde de Dos-Hermanas…

Triunfante uno de los muchos intentos revolucionarios que este país ha llevado a cabo, el vecindario del citado pueblo formó un nuevo Ayuntamiento. Reuniéronse los miembros de la popular corporación con el natural regocijo, para tomar las medidas que eran de suponer. Un industrial decidor y entusiasta por su inesperada posición, propuso y se acordó incontinenti, ordenar al señor cura que desde aquel momento bautizara, enterrara y casara gratis, sin cobrar a los vecinos derechos de ninguna clase.

El aludido recibió la comunicación, y por llevar la corriente, contestó que estaba dispuesto a cumplir la orden en cuanto a bautizos y enterramientos; pero que respecto a los casamientos no podía acceder, porque no dependía de su voluntad, y llamaba la atención del Municipio sobre los derechos consignados en el Concilio de Trento. Reunióse de nuevo el Concejo para deliberar, y como es consiguiente, se discutió largo y tendido, acordando por último publicar un decreto concebido en estos términos: “Deseando el Ayuntamiento de Dos-Hermanas defender los derechos del pueblo español, decreta: Artículo único. Desde el día de hoy queda suprimido el Concilio de Trento”. Y con un decreto parecido que diera el nuestro, se quedaría el concejo de Dos-Hermanas tamañito”. Este debió ser, con toda probabilidad, lo que sucedió en realidad. Si bien no da una fecha exacta, todo apunta a que fue en los últimos días de junio de 1873, al poco de crearse la referida junta revolucionaria.

Andado el tiempo, en mayo de 1906 el periódico republicano La Coalición, recogía un artículo de Dionisio Pérez Gutiérrez, titulado El Monterilla. En él se decía que “otro monterilla delicioso fue aquel de Dos-Hermanas (Sevilla), que al proclamarse la República mandó al pregonero recorrer el pueblo a tambor batiente, enterando a los vecinos de que quedaba prohibido en aquel término municipal el Concilio de Trento”. Este periodista sitúa, pues, la acción en febrero de 1873, y el ‘alcalde de monterilla’ en cuestión sería el antes citado Francisco Velasco.
Pero de todos los autores que se hicieron eco del acontecimiento, el que tuvo un papel destacado fue el sevillano Luis Montoto.

Este escritor dio gran difusión a la anécdota, contribuyendo a la aparición del dicho popular. Contaba Montoto en su obra Personajes, personas y personillas que corren por las tierras de ambas Castillas (1921) que “en Dos-Hermanas, pueblo inmediato a Sevilla, en los días primeros de la revolución llamada la Gloriosa (la de septiembre de 1868), un ‘monterilla’, encumbrado “por arte de birlibirloque”, protegía los amores de unos novios, con oposición del padre de la muchacha; y no pudiendo lograr que éste consintiera en la boda, ante sí los dio por unidos en matrimonio. Fuéronse a vivir juntos…, diciendo ella a su padre que eran marido y mujer, porque el señor alcalde los había casado. No pudiendo creer el hombre tamaño desatino, fue a ver al ‘monterilla’, el cual le dijo que era cierto, los había casado.

El padre, no tan ayuno de ciencia como su interlocutor, le replicó que no había más matrimonio que el que Dios instituyó y el Santo Concilio de Trento reguló… El alcalde, entonces, muy lleno de autoridad, exclamó: Pues si eso es así, sepa usted que desde este instante queda derogado el Concilio de Trento”. Montoto debió conocer este relato de labios de su amigo Lamarque de Novoa, quien ya pasaba temporadas en Dos-Hermanas durante el Sexenio Revolucionario, al tiempo que sitúa la acción en 1868, en una fecha distinta a la mostrada por los anteriores autores. Y, en este caso, el monterilla sería Ignacio García de la Huerta.

De todas formas, lo cierto es que la anécdota dio pie a un dicho popular a principios del siglo XX, y desde entonces nuestra ciudad está presente en el refranero español.

Luis Montoto Rautenstrauch
El autor de la versión más conocida de esta anécdota, nació en Sevilla en enero de 1851 y estudió Ingeniería en Madrid y Derecho en Sevilla. Fue redactor del periódico El Español, notario eclesiástico, concejal del Ayuntamiento de Sevilla, cronista oficial de la ciudad, miembro del Ateneo de Sevilla y secretario perpetuo de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla. Asimismo, destacó como escritor y poeta, siendo autor de numerosas publicaciones. Falleció en su ciudad natal en 1929, dedicándosele una avenida.

1868. Como el alcalde de Dos-Hermanas…

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