Ya hemos tenido ocasión de comentar que el fuerte crecimiento demográfico que se dio en Dos-Hermanas en el último tercio del siglo XVI propició la aparición de nuevas calles en el municipio, como Alcoba, Rivas o Francesa. Pues bien, fruto de ese crecimiento fue también la calle que tratamos en esta ocasión: la de Manuel de Falla, llamada en sus orígenes ‘del Pinar’.

Construida sobre un antiguo camino que conducía a un extenso pinar (que estaría ubicado en el entorno de lo que se conoce hoy como ‘Paradero de los carros’) en la década de 1580, la primera vez que es citada en un documento es en una escritura de venta de una casa otorgada por Bernardina de Oliver, viuda del labrador Juan Martín, el 17 de noviembre de 1591.

Ya en el siglo XVII, aparece contenida en el padrón de vecinos confeccionado en 1631 con motivo de la venta de la villa al duque de Alcalá de los Gazules. En ese momento, constaba de cuarenta y siete casas y residían en ella 207 habitantes, entre ellos, un vecino de Sevilla llamado Juan de Salazar Tellón. En esas fechas, tenía una casa horno en esta calle otro ilustre sevillano, don Fernando Enríquez de Ribera, emparentado con el duque antes citado.

Andado un poco el tiempo, en el Catastro del Marqués de la Ensenada (1761) se pone de manifiesto el crecimiento de esta vía, al contar en esas fechas con cincuenta y ocho casas. Existían hasta cinco casas-hornos, una de las cuales pertenecía al mayorazgo de la familia Rivas y que a fines de esa centuria pasaría a la familia sevillana de los Liberal. También en ese siglo poseía una vivienda en esta calle del Pinar la hermandad de la Soledad.

¿Qué nombres tuvo?
Esta calle nazarena ha visto cambiar su denominación en multitud de ocasiones a lo largo de su ya dilatada Historia. En un principio se la conoció como calle ‘que dicen del Pinar’, y con ese nombre estuvo hasta que, en 1891, el consistorio decidió bautizarla ‘Puente y Pellón’, en honor al político sevillano Manuel de la Puente y Pellón (1819-1886), alcalde de la capital hispalense en tres ocasiones. Poco tiempo ostentaría esa denominación, pues durante el mandato del alcalde Manuel Rodríguez, en 1900, se decide retirar el nombre del alcalde sevillano y denominar a esta calle ‘Santiago’. ¿A qué se debió ese cambio? Sencillo, Manuel de la Puente y Pellón pertenecía al sector más progresista del liberalismo sevillano, ideología contraria a la del grupo político que dirigía los destinos de nuestro Ayuntamiento en ese momento: los carlistas y conservadores católicos. En la sesión de 7 de septiembre de 1906, los capitulares deciden imponerle el nombre de ‘Castelar’, para honrar así la memoria del eminente político Emilio Castelar, que en sus últimos años aconsejó a sus seguidores la integración en el partido Liberal (de ahí que se le dedicara una calle). Con esta denominación continuó hasta diciembre de 1967, momento en el que se le asigna el nombre que actualmente lleva: Manuel de Falla, homenajeándose, de esta forma, a la figura del gran compositor gaditano.

La calle Manuel de Falla (I)

A principios del siglo XIX, concretamente en 1811, se menciona todavía la existencia, en el inicio de la calle, de una cruz pública denominada entonces ‘de Tía Torre’, una cruz que ya estaba en ese lugar en los últimos años del XVII y que su nombre vendría dado por María de la Torre y Soto, quien la mandaría colocar allí. De todas formas, ésta no era la única cruz que hubo en esta calle. Otra fue colocada en fecha incierta en la esquina con Romera y una tercera cerca de la actual avenida de Andalucía.

Por otra parte, a lo largo del siglo XIX no estuvo libre esta vía nazarena de los lógicos escándalos producidos por el propio vecindario. Uno de ellos se dio en 1880 y fue bastante curioso. Siguiendo el relato escrito por el jefe de los guardias municipales, en la tarde del 29 de agosto de aquel año, “se promovió un grande escándalo en la calle del Pinar y casa donde se encontraba depositada la difunta Ana Durán Madueño, cerrándose las puertas de dicha casa con el mayor estrépito y oyéndose voces contra la Religión y sus Ministros”.

El guardia trató de averiguar las causas de aquellos gritos, resultando “que el autor de todo ello fue Antonio Claro Durán, vecino de la ciudad de Sevilla, hijo de la difunta, que al entrar en la referida casa y ver el altar o aparato consiguiente a semejantes casos, echó mano al crucifijo y quiso tirar al suelo, impidiéndoselo las hermanas del mismo; que a voces desaforadas maldijo al Todopoderoso y sus ministros, amenazando a los concurrentes que asistieran al entierro”. Al mismo tiempo, quiso Antonio Durán que la difunta fuera enterrada en el propio corral de la casa “o donde a él le acomodara, pues para eso era su madre y le había dado el ser que tenía, enterándose de ello los vecinos inmediatos, que algunos se abstuvieron de asistir al duelo por temor a dichas amenazas”.

Vecinos destacados
En esta histórica vía han tenido (y tienen) su vecindad numerosas personalidades de la villa. Comenzando por épocas pasadas, en el siglo XVII residió en esta calle el licenciado Bernardo Correa Aranda de Segura, clérigo de menores órdenes y beneficiado de la parroquia nazarena (1628-1640). Murió ahogado en el río Guadalquivir en junio de 1640, siendo su hermana Tomasina de Segura quien pagó el entierro. Ya en el siglo XX, en diciembre de 1928 nació en una casa de esta calle Cayetano Ordóñez Araujo, hijo del famoso torero rondeño ‘Niño de la Palma’. Él mismo siguió los pasos de su padre y en 1946 tomó la alternativa en la plaza de toros de Ronda. Asimismo, en el n.º 32 vivió desde 1928 hasta su muerte el médico de la villa Manuel Andrés Traver, alcalde de Dos-Hermanas en dos ocasiones (1927-1930 y 1936-1938).
También residieron en esta calle Anita Peraza, que trabajó durante muchos años en la fábrica de tejidos de yute, obtuvo la Mellada del Mérito en el Trabajo y fue muy querida en el pueblo, tanto es así que en 1997 se le impuso su nombre a una calle peatonal junto a la parroquia del Ave María y San Luis; la historiadora local María José Cardona Peraza, directora que fue de la Universidad Popular de Dos-Hermanas; y el recordado sacristán de la parroquia de Santa María Magdalena, Francisco López García, ‘Frasquito’. Otros destacados vecinos que residen en esta calle son María Luisa Díaz Núñez, camarera de la imagen de Nuestra Señora de Valme, y Miguel Gil Pachón, que fue, entre otras muchas cosas, concejal del Ayuntamiento, hermano mayor de la Hermandad de la Estrella y socio fundacional de la Asociación Musical Nazarena Regina Coeli, recibiendo la medalla ‘Pro Ecclesia et Pontifice’ en 1989.

Esa idea de enterrarla en cualquier lugar que no fuera el cementerio no contaba con el apoyo del resto de los hermanos de Antonio Claro y se lo hicieron saber, a lo que reaccionó abandonando la casa de la calle del Pinar. Al momento se personaron los sacerdotes y varios guardias municipales, iniciándose el traslado de la difunta a la parroquia y, de allí, al camposanto. A las pocas horas, Antonio Claro fue detenido en la estación de trenes, siendo conducido a la cárcel municipal. Según se informaría al juez, portaba un revólver con seis balas y varias navajas.

Pocos años después, en agosto de 1885, a punto estuvo de establecerse la sede del juzgado municipal en la casa n.º 32 de esta calle, sin embrago no se hizo porque el entonces juez Ávila Ramos, inspeccionó la vivienda y vio que no reunía las condiciones necesarias, entre otras cosas por estar “situada en un punto extremo de la población, lo cual ofrece muchos y graves inconvenientes para el servicio público”.

Para entonces las autoridades locales pusieron cierto interés en esta calle, procediéndose de vez en cuando a la reparación de la misma, y será en el siglo XX cuando esta vía cobre un mayor protagonismo, como veremos más adelante.

La calle Manuel de Falla (I)

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