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(Juan 10, 11-18) A VECES, POR la fuerza de la costumbre y la rutina, nos acostumbramos a las propuestas y las verdades del Evangelio, y no nos admiramos de lo que fue, cuando se pronunciaron, motivo de escándalo.
Leemos cómo Pedro, el discípulo cobarde que negó hasta tres veces a su Maestro, llama «asesinos» a los habitantes de Jerusalén por haber pedido su crucifixión; y nos parece algo natural, cuando aquel hombre se estaba jugando, literalmente, la vida. Y seguimos leyendo cómo quienes le escuchaban en vez de defender con virulencia su honor aceptan la acusación y piden el bautismo, y no nos llama sobremanera la atención.

Aceptamos, sin pestañear, que a nosotros, animales a veces racionales, llenos de imperfecciones y limitaciones, que caemos constantemente en el egoísmo y en el pecado, se nos llame hijos de Dios y se afirme que realmente lo somos; y no se conmociona nuestro ser, por la sorpresa y la alegría.

Escuchamos narrar que un pastor se enfrentó a los lobos por defender a las ovejas de su rebaño, y que en ese enfrentamiento perdió voluntariamente la vida por salvarlas; y nos explican que ese pastor es Jesucristo y que por quien entrega la vida es por nosotros; y, de nuevo, nos parece todo esto lo más natural del mundo.

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La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. El amor sin límites, nuestra salvación. Danos, Señor, la capacidad de sorprendernos, de admirarnos, de sobrecogernos ante la inmensidad de tu amor por nosotros.

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