Es pensarte un Jueves Santo y se me ponen los nervios a flor de piel, y las flores a tus pies y con los pies en el suelo no había quien te conociera y ese día no se pusiera a la luna por montera porque contigo… al fin del mundo. Y del mundo, lo mejor; que no había hermano que para hablar de Dios no tuviera en la mano ese día el corazón.

Saliste, por fin, un Jueves Santo a ser la gota que colma el vaso de nuestras vidas, y a sacarnos los colores como un irresistible primer amor en un día grande. Si lo pienso, no me cabe la menor duda; eres Amor a primera vista, la idolatría de los soñadores, el flechazo de los adolescentes, la pasión de los amantes, la excusa en la que perder el norte, para irse a vivir al sur de tus ojos.

Sé de muy buena tinta que toda esta gente que ha salido a la calle viene a ponerse bien con Dios, porque la fe mueve montañas y los vaivenes de la vida los traen hasta Ti porque la vida es un pañuelo y porque sí, porque adónde iban a ir.

Basta verte para perder la cabeza mirando tu humilde tristeza, para detenerse en el devaneo de tu mano tendida y tu mirada marchita, para conchabarse con el misterio de tu paciencia soberana, para esclarecer la amalgama que existe entre tus espinas y tu plata que solo esas gotas de sangre intuirán. Solo hay que mirarte para rendirse ante la grandeza de tu deidad.
No hay ni que ser de La Hacendita para ver a Dios en Ti. Basta con ser cristiano y sentir.

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