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(Juan 20, 19-31) EN TODOS LOS tiempos y lugares los creyentes han encontrado razones para creer. Y no eran faltas de verdad. La belleza y la armónica complejidad de la naturaleza, ha sido una de ellas.

Es incomprensible, vendrían a decir, que un mundo que muestra tal grado de perfección, y que ha dado a luz la inteligencia humana se haya formado por una fuerza ciega y caótica como el azar.

Los sentimientos y la realidad profunda del alma humana han sido también señalados como signos de una fuerza que nos trasciende, de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿De dónde los sentimientos de compasión y solidaridad, de dónde los gestos de altruismo que dignifican a la humanidad, de dónde el grito contra la injusticia y la violencia…? ¿De dónde pueden proceder y dónde pueden fundarse si no es la bondad de Dios la que los funda dando sentido a toda nuestra realidad?

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Estas razones son sólidas y fuertes, pero son sólo razones. Para creer hace falta un motivo, un impulso irresistible que nos mueva como personas. El aliento de los otros, el ver la fe de nuestros padres y amigos, el testimonio de creyentes que fundan su vida en la fe en Cristo Vivo es un motivo fuerte, vital, profundamente humano. Pero como el apóstol Tomás nos muestra en el evangelio de esta semana, sólo el encuentro personal desde la fe con Cristo resucitado puede ser el motivo verdadero y definitivo para creer.

Un encuentro personal que puede anhelarse y pedirse, pero que no depende de uno mismo porque viene a fundar todo lo que somos. Son los encuentros personales con Cristo los que han hecho de ti su discípulo; nunca abandones esa intimidad con el Maestro.

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