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Siglo XVI. El Señor de San Sebastián

Desde hace siglos, la imagen del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, titular de la hermandad del mismo nombre, es una de las principales devociones de Dos-Hermanas. Una talla envuelta en cierto halo de misterio y a la que han acudido innumerables nazarenos en momentos críticos y calamitosos (riadas, sequías, epidemias…) buscando su protección y ayuda.
Se trata de una talla anónima, ejecutada en torno a 1550, y de tamaño considerable (mide 2,30 metros de alto y 1,80 de ancho). El tronco y miembros muestran un claro arcaísmo frente a la cabeza mucho más elaborada. Es llamativo el parco dramatismo de la imagen, donde no abunda la sangre y carece de posturas violentas propias de otras épocas artísticas como el gótico o el barroco. En cambio, presenta un semblante severo y a la vez dulce y atrayente, creando una sensación de majestad y serenidad. Desde casi sus inicios, la imagen se veneró con faldellín o sudario de tela, pero desde principios de 2004 se muestra sin ese aditamento. Del mismo modo, se tiene constancia de que llevó cabellera natural.

En cuanto al material del que está hecho el Santo Cristo, en palabras del profesor Arquillo Torres estamos ante “una imagen realizada con fibras vegetales, constituyendo un armazón que se refuerza con un estrato intermedio de una variedad leñosa denominada maguey”. Sigue la técnica de papelón, de origen italiano y que comenzó a tener cierta relevancia a principios del siglo XVI tanto en Castilla como en Andalucía, tanto es así que llegó a recalar al otro lado del océano, en América, donde tuvo gran fortuna. Esta técnica del papelón tuvo, en un primer momento, gran aceptación debido en buena parte a que aportaba ligereza a las imágenes, pero especialmente por su bajo coste y rapidez de ejecución.

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Siglo XVI. El Señor de San Sebastián

El Santo Cristo de las Aguas o del Lagar
Esta histórica talla también es conocida con otros apelativos relacionados con algunas tradiciones populares. Una de esas denominaciones es la de ‘Cristo de las Aguas’, porque los nazarenos, en tiempos de pertinaz sequía, recurrían a Él en demanda de lluvias, como ocurrió en 1882. Pero también es conocida como ‘Cristo del Lagar’ o ‘de las Viñas’. El origen de este nombre se encuentra en unas pinturas al fresco que adornaban el muro donde se encontraba el viejo retablo mayor de la capilla de San Sebastián y que representaban a Cristo crucificado, y adosados a la cruz dos ángeles exprimiendo racimos de uva, cuyo mosto recogían otros dos ángeles que llevaban bandejas. Pinturas que a finales del XIX fueron tapadas, y ‘descubiertas’ durante las obras de restauración de la capilla de 1911-1912. Tal denominación ya existía a mediados del siglo XIX, siendo recogida por ‘Fernán Caballero’ en una de las cartas que envió a Antoine Latour, fechada el 4 de mayo de 1857. Por último, otra denominación que ha llegado hasta nuestros días es la de ‘Cristo de San Sebastián’, en referencia al lugar donde se venera, la ermita o capilla de San Sebastián Mártir. La primera vez que se le menciona de esta peculiar forma es en el antes mencionado testamento de Isabel Alfonso, redactado en 1642. Es una denominación que tuvo fortuna y aún hoy se sigue empleando en ciertas ocasiones, también con la variante ‘Cristo del barrio de San Sebastián’.

Una de las primeras referencias documentales que existen del Santo Cristo de la Vera-Cruz la encontramos en el testamento otorgado por Isabel Alfonso, mujer de Pedro Hernández, en 1642. En él se ordenó que se dijesen diez misas “al Santo Christo de San Seuastián”. Más información nos aporta el testamento de Juan Gómez Molina, fechado el 2 de julio de 1679 y donde se ordenó la entrega de 200 reales para la compra de “un palio para nuestra Señora de la Santa Vera-Cruz que se saca en la cofradía los Jueves Santos, y para que se renove lo que fuese nesesario el Santo Cristo de la Vera-Cruz para que salga descubierto su cuerpo en dicha prosesión y no con el velo con que se acostumvra salir”. Esa ‘reforma’ de la imagen la llevaría a cabo un escultor sevillano hacia 1691.

Ni el párroco Juan Vázquez Soriano en sus respuestas al interrogatorio del geógrafo Tomás López a fines del XVIII, ni ‘Fernán Caballero’ en su obra La familia de Alvareda (1856), ni el padre Leandro José de Flores en sus Memorias históricas de la villa Alcalá de Guadaíra (1833-1834) mencionan a esta talla. En cambio, sí mostró interés por la talla Antoine Latour, sobre todo a raíz de su visita a la villa en 1856 acompañando al duque de Montpensier, por lo que le pidió información a ‘Fernán Caballero’. Y a finales del siglo XIX, Joaquín Márquez Zapata, arcipreste de Utrera, tras inspeccionar el cementerio y capilla de San Sebastián vio en este templo unas “efigies nada devotas”. No encontró el clérigo ningún valor artístico en la talla del Santo Cristo.

Para finalizar este breve artículo, diremos que a lo largo del siglo XX han sido varios los escultores y profesionales que han restaurado y retocado el Santo Cristo (algunos con más fortuna que otros) con el fin de mejorar el estado de conservación de la talla, que era muy precario. Fueron estos: Miguel Ángel Rodríguez Magaña, en 1909, cobrando por ello 200 pesetas; Manuel Pineda Calderón, en 1949, recibiendo la cantidad de 2.500 pesetas; Juan Manuel Abascal Fuentes, en 1978 y 1982; y, finalmente, el profesor Francisco Arquillo Torres entre 1989 y 1990. Esta última es la más importante restauración que se ha llevado a cabo, tras la cual pudo volver a salir en procesión esta talla, verdadera joya del patrimonio artístico de nuestra ciudad.

Siglo XVI. El Señor de San Sebastián

¿Un crucificado indiano?

Entre las muchas teorías que existen acerca del origen de esta imagen, se encuentra una que la vincula con la Nueva España (más o menos lo que hoy es México). A mediados del siglo XVI, vivía en Sevilla un piloto de navío llamado Santiago de Ucín, casado con María Ibáñez, hija, a su vez, del carpintero Ordoño de Urresti, cofrade de la hermandad de la Vera-Cruz de nuestra ciudad. Pues bien, Ucín marchó numerosas veces a la Nueva España, debido a su oficio de comerciante de paños, y pasaba largas temporadas en la Villa Rica de la Vera-Cruz, participando de manera activa en la vida cotidiana y religiosa de esa ciudad mejicana. Allí adquirió numerosos bienes que mandaba a España, a su domicilio sevillano. En un momento dado, bien pudo adquirir en aquella ciudad la imagen del Santo Cristo de la Vera-Cruz y enviarla a su oratorio privado de Sevilla.

En junio de 1560, redactó su testamento y dos años más tarde falleció. Había nombrado albaceas en España a su madre, María Juana de Olano, y a su mujer María Ibáñez. En los años sucesivos se fueron cumpliendo las distintas cláusulas testamentarias de Ucín. Una de ellas mandaba que en el monasterio de San Francisco el Grande de Sevilla se dijesen por su alma veinticinco misas rezadas dedicadas a la Pura y Limpia Concepción de la Virgen María. Y es aquí cuando en 1567 su mujer y albacea, María Ibáñez, decidió que una de esas misas debía decirse no en el mencionado monasterio sevillano, sino en la parroquia de Santa María Magdalena de Dos-Hermanas, y la encargada de decirla debía ser la hermandad de la Santa Vera-Cruz de esta villa. Para que la cofradía pudiese sufragar esa memoria de misas, Ibáñez le donó un solar en la calle Real, un guadamecí y “vn cruçifixo grande”. Estamos seguros de que ese “cruçifixo grande” es la imagen del Santo Cristo de la Vera-Cruz que hoy vemos en la capilla de San Sebastián, y que pronto fue tomada por la hermandad como titular de la misma, desvinculándola de la memoria de misas.

Cierto es que la talla presenta rasgos claramente indianos, siendo muy similar a otras conservadas al otro lado del Atlántico como, por ejemplo, el Cristo del Veneno venerado en la catedral metropolitana de México.

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