( Juan 20, 1-9) BUSCABAN EL ÚLTIMO consuelo de poder honrar su cuerpo y se encontraron la desazón de ver que el sepulcro estaba vacío; quizás había sido profanado, sumando dolor al dolor; quizás también hubiera ocurrido lo que nadie podía esperar. La personalidad del Nazareno había sido tan especial que en él todo invitaba a abrirse a lo inesperado. Entre la desazón y la pregunta se debatía el corazón de sus discípulos aquel día después de su muerte.
El dolor era tan reciente y agudo, su vergüenza por el abandono era tan grande, que velaban con un manto de angustia la grandeza de la entrega del Maestro. Pero al poco tiempo comenzaron a descubrir, en la cruz, su fidelidad radical a la voluntad de Dios y su fortaleza inaudita ante el mal del mundo. Y eso, los fue llenando de orgullo. Fueron descubriendo que más fuerte que la oscuridad de su cobardía y que la tiniebla de la violencia había sido la luz de su gloria. En la cruz el Hijo glorificaba al Padre y se convertía en nuestra gloria.

Hace no muchos días un gendarme francés entregaba su vida por salvar la de una rehén que amenazaban de muerte. Su nombre era Arnaud Beltrame. La generosidad y la entrega de este hombre cimientan la civilización europea -como lo han hecho muchas otras personas. Nuestra fe en la resurrección de Jesucristo nos hace confiar en que su gesto no sólo perdurará en el recuerdo de los suyos, estará eternamente presente en la gloria de Dios. Ojalá todos descubramos cómo ser grano de trigo que se siembra en el surco del mundo para dar fruto.

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