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(Juan 2,13-21)  POCOS TIENES la valentía de mirar la cruz cara a cara; la cruz propia, aquella que trae certezas de calumnias, sufrimientos y muerte. Sólo los mártires han tenido la fortaleza de saber que el precio de su fe iba a ser la vida.
He dicho pocos y me he equivocado. Son una ingente multitud en Asia, en África, en América, los que sabiendo que su vida estaba amenazada por dar testimonio del amor y de la justicia de Dios la han entregado. Y han hecho de su humilde existencia semilla de mundo nuevo.

Óscar Romero y sacerdotes y laicos por toda América que, como él, fueron asesinados; miles de campesinos cristianos en China que entregaron su vida en el silencio de una mísera aldea ajena a los ojos del mundo; miles de africanos que hoy siguen siendo quemados vivos y asesinados por su fe. Todos ellos han comprendido que vale la pena entregar la vida por Aquel que al amarte te da la vida eterna; que no merece la pena vivir muchos años en la mediocridad de la infidelidad a ti mismo.

Hay también que ser muy valiente para seguir creyendo en el amor cuando te arrebatan cruelmente a tu hijo, no dejando que el odio de uno venza al amor y la solidaridad de todo un pueblo. Patricia Ramírez, a semejanza de la Madre Dolorosa al pie de la cruz, ha dado un testimonio de fe valiente ante la muerte de su hijo Gabriel. «Que esto no acabe en rabia, ni hablando de quien ha asesinado a mi hijo».

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El testimonio de fe de esta madre es también semilla de fe y de amor que nos habla de una vida que es eterna. Para quien sólo existe esta vida, sólo cabe la rabia y la desesperación. Ella está siendo signo de fe y del amor de Dios.
Rvdo. José Joaquín Castellón

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